Los entresijos de la precisión suiza
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Los entresijos de la precisión suiza
La exclusividad de estos relojes no se debe únicamente a la complejidad de su movimiento, sino también a su detallada, y en muchos casos difícil, decoración

El tópico de la precisión suiza queda perfectamente justificado tras visitar el municipio de Plan-les-Ouates, situado en el área metropolitana de Ginebra, en el que en pocas calles se concentran varias de las fábricas de los más prestigiosos maestros relojeros.
Una visita de la prensa internacional al corazón de la más antigua de ellas, Vacheron Constantin, permitió conocer los entresijos de la fabricación de estas joyas, así como echar un vistazo (siempre con la ayuda de microscopios) a las minúsculas piezas que componen sus entrañas y les otorgan la universalmente conocida precisión suiza.

Aquí, una legión de relojeros jóvenes y de mediana edad trabajan junto a otros ya jubilados, pero tan apasionados de su oficio que todavía acuden a trabajar tres días por semana.
Es el caso de Chrystian Lefrancois, especialista en relojes complejos, quien se inició en este “arte” en 1966 y, aunque debería jubilarse dentro de seis meses, ha decidido que seguirá trabajando con una jornada reducida “porque es un oficio apasionante e intenso” que no está dispuesto a abandonar.
En su misma empresa trabaja un maestro relojero que a sus 76 años sigue ensamblando las minúsculas piezas del esqueleto de complejos relojes con la única ayuda de un monóculo y decenas de pequeñas herramientas, mientras dice tajante que no está listo para retirarse.
Apostados en hileras de cómodos tableros, aprendices y maestros inician el montaje en serie, aunque siempre manual, de los centenares de piezas que más tarde se convertirán en relojes de la más alta gama.
El primer paso consiste en ensamblar todas las ruedas y engranajes que van a producir el movimiento del reloj, una labor de gran delicadeza a la que muchos trabajadores ponen banda sonora con sus auriculares y reproductores de música, lo que les ayuda a concentrarse en tan meticulosa labor.
Lo siguiente es el ajuste de la frecuencia del reloj, es decir, conseguir que este sea perfectamente preciso. Para ello los relojeros se ayudan con un aparato regulador de la hora con el que comprueban si “el corazón” de la criatura late a la velocidad adecuada.
El corazón en cuestión consiste en una diminuta rueda dentada (los tornillos que forman sus muescas son tres veces más finos que un cabello) unida a una espiral “fabricada con una aleación secreta de materiales”, según bromea el relojero Hubert Hirner.
Estas piezas se insertan en el esqueleto del reloj y, una vez ajustadas, este se envía al taller de encajado y pruebas, donde la maquinaria quedará en la mayoría de los casos encerrada en armazones de metales y piedras preciosas.
La exclusividad de estos relojes no se debe únicamente a la complejidad de su movimiento, sino también a su detallada, y en muchos casos difícil, decoración.
Según explicó Hirner, actualmente la empresa cuenta con 12 aprendices de relojero, y aseguró que las escuelas de relojeros “están llenas” gracias a la buena reputación de que goza esta profesión entre los jóvenes suizos.
La “carrera” de relojero consiste en tres años de estudios y prácticas tras las cuales el alumno se convierte en un relojero “de producción”, es decir que puede participar en las cadenas de montaje manual de los relojes, sin embargo, para convertirse en un experto relojero suizo es necesario un año más de experiencia.

Ginebra/Efe



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