Herman Duarte – Abogado y escritor
El 10 de junio tuve el gusto de visitar el taller del maestro Jorge Jiménez Deredia en Heredía, Costa Rica.
Fui gracias a la invitación de mi querida amiga Frida Najman, una amistad que hemos construido por nuestro amor al arte, y que ayer me permitió entrar a uno de esos lugares que no se olvidan fácil. Fuimos con una comitiva especial liderada por Frida, una amiga de ella, y mi amigo (también artista) Pietro Boselli. Ese día el plan inicial era almorzar con Pietro, pero como tenía un regalo que entregarle a Frida me fuí a su galería temprano para conversar, y ahí fue donde surgió la idea de cambiar el almuerzo por la visita a esa leyenda viviente que esculpe piezas para museos y hogares.
Por más mítico que fue nuestro plan, no nos salvamos de las presas que aturden la paz de todos los que circulamos por las calles de Costa Rica. 44 minutos marcó la distancia en tiempo entre la galería y basicamente la otra galería. Hicimos una parada técnica para comprar unas flores (Es de buena educación siempre llevar un regalito a una casa, no lo olviden) y cuando llegamos nos recibió el maestro junto con su esposa, y durante casi dos horas conversamos de manera ímplicita y explícita sobre arte, materia, ciencia, espiritualidad, Costa Rica, legado y vida.
Estar en ese taller (y casa también) es estar rodeado de una energía muy particular. Está la solemnidad del mármol, la fuerza del bronce, las esculturas en distintos tamaños, algunas pequeñas y otras enormes, de tres o cuatro metros… llenarte de esa luz te hace sentir que estas entre el impacto y el comfort; te recuerda que estas en un espacio especial, diferente, único, pues hay tantas esculturas que observar para notar esos rostros tan característicos que él logra crear una y otra vez con una armonía impresionante: rostritos bellos, narices respingadas, caritas serenas, haciendo diferentes poses que yo los siento como que si algunos posan para fotos y otros los captan en una sesión de yoga.
Lo primero que me impactó fue algo muy sencillo y poderoso: Jiménez Deredia es una persona que ya no necesita demostrar nada.Es leyenda viva.
Uno sabe que está frente a un artista consagrado. Se nota en la obra, en la trayectoria, en el taller, en la forma en que habla de los materiales, en la dimensión de sus proyectos. Pero él no te lo pone encima. No lo usa para imponerse. No te lo restriega en la cara, como a veces pasa con personas que han logrado mucho menos.
Al contrario.
Es un señor accesible, sonriente, humilde, orgulloso de su trabajo, sí, pero no desde el ego, sino desde el amor. Se le ve contento. Se le ve vital. Se le ve auténticamente feliz. Ayer se lo dije mas o menos en estos términos: que me dio la impresión de estar frente a una persona que, en términos de la pirámide de Maslow, está en la cúspide. Ya no está tratando de probar quién es. Está trabajando en su legado. Y eso se siente distinto.
Hablamos de algunos proyectos muy importantes que vienen para Costa Rica y que él está liderando. Y ahí entendí algo: cuando alguien realmente alcanzó una cima, el éxito ya no consiste en acumular más reconocimiento, sino en preguntarse qué deja sembrado para los demás.Esa parte me quedó dando vueltas, la verdadera cima es dedicar los años de mayor madurez a construir algo que sobreviva a uno mismo.
Y como yo suelo hacer preguntas raras, también aproveché para hacerle algunas.
Le pregunté si alguna vez había conocido extraterrestres. Si se le habían presentado. Si había tenido alguna experiencia que no pudiera explicar del todo. También le pregunté de dónde sale esa carita que aparece una y otra vez en sus esculturas y en sus dibujos. Esa cara simple y a la vez tan profunda. Le pregunté si venía solamente de las esferas precolombinas, o si también venía de la creación, de la memoria, de algún símbolo más antiguo, de algo espiritual, o de esas cosas que uno no sabe muy bien cómo nombrar, pero que parecen implantadas en algún lugar profundo de la conciencia.
Y lo bonito fue que no sentí que mis preguntas estuvieran fuera de lugar. Al contrario. En un taller como ese, rodeado de mármol, bronce, formas humanas, piedra y silencio, hasta las preguntas raras tienen sentido.
Porque al final, preguntarle a un artista de dónde viene una forma que repite durante toda su vida no es una pregunta tan rara. Es preguntarle por el origen de su lenguaje. Por eso que aparece antes de la explicación racional. Por esa imagen que se le queda sembrada a alguien y que luego se convierte en destino, en obra, en legado.
Otro punto que me impresionó muchísimo fue la cantidad de ciencia detrás de su obra.
En un momento nos habló del hierro. Del hierro en el cuerpo, en la sangre, en el corazón, en la vida misma. Y de cómo ese hierro también forma parte de una historia mucho más grande, una historia cósmica y con una capacidad y conocimiento que no tengo forma de replicar en estas lineas explicó que en el corazón tenemos una molecula que tiene un tipo de hierro que se encuentra también en las estrellas, llegando a explicar la razón por la cual considera que somos seres que venimos de una evolución cósmica, que tenemos una naturaleza cósmica. Habló de que venimos de las estrellas, de que somos, literalmente, polvo de estrellas. En ese momento le presenté la canción de Jorge Drexler con el mismo nombre, usando mi spotify la puse en el taller del artista, pero a diferencia de lo que dice la canción, el artista sí que dejará huella.
Y escucharlo decir eso, rodeados de mármol y bronce, tenía algo casi místico.
Génesis Energía Cósmica
No era una frase bonita dicha por decir. Era una forma de conectar la materia con el origen. La escultura con el universo. El cuerpo humano con las estrellas.
También me llamó mucho la atención la arquitectura del lugar. Había mármol de Carrara, mármol griego y también mármol guanacasteco. Esa mezcla me pareció poderosa. Una piedra milenaria, trabajada por culturas distintas, termina siendo el lenguaje de un costarricense que se volvió universal. Y uno se queda pensando: qué increíble que una obra de arte pueda llevarte de una piedra en Guanacaste, o de un bloque de mármol de Carrara, hasta la pregunta más profunda sobre de dónde venimos.
Eso me gustó mucho: ver cómo alguien puede ser profundamente tico y, al mismo tiempo, hablarle al mundo entero. Jorge Jimenéz Deredia es un ejemplo de la capacidad y talento de las personas costarricenses que hacen su trabajo con dedicación, determinación y grandeza al actuar. Porque es un hombre que hizo grandes sacrificios y esfuerzos para llegar hasta donde esta ahora.
Creo que Jiménez Deredia está en esa misma categoría de íconos que tenemos en Costa Rica como Franklin Chan, Keylor Navas, Chavela Vargas… pero incluso, en cierto sentido, creo que esta en un peldaño diferente, en una categoría más silenciosa y legendaria, porque su obra no depende de un marcador, una portada o una coyuntura. Su obra queda. Permanece. Habita espacios públicos, ciudades, museos, memorias. Se renueva a diario con aquel que la admira en su hogar, o en los múltiples espacios públicos que ha tomado: el redondel de Avenida Escazú, las puertas de Bacchus en Santa Ana; caminando en el centro de San José ; al salir del aeropuerto Juan Santamari; o quien se pierde en el Parque Escultórico La Ruta de la Paz en Alajuela, o en el Centro Comercial Paseo de las Flores… Eso sin contar la obra que esta en múltiples regiones del planeta, es que si hasta el Vaticano tiene obra del señor Jimenéz Deredia, siendo el primer latinoamericano que colocó su obra en tan histórico y sagrado sitio.
Detengamonos por un momento en ese logro. Estamos hablando que en el año 2000, un costarricense, fue el primer latinoamericano (continente con más de 600 millones), que logró poner una escultura dentro de un espacio que se comparte con artistas universales como Miguel Ángel, Gian Lorenzo Bernini, Arnolfo di Cambo, entre otros. De hecho La República lo reportó con bombos y platillos en aquel momento tan épico que vino hasta con una presentación de libro.
Es, de alguna manera, el Keylor Navas de la escultura, aunque quizás la comparación se queda corta.
Pero lo que más me impresionó no fue solamente la obra. Fue la humildad.
He conocido artistas brillantes, y también he conocido artistas difíciles, pesados, incluso repugnantes en el trato. Ayer me encontré con lo contrario. Un hombre que podría apantallar a cualquiera y no lo hace. Un maestro que podría hablar desde un pedestal, desde la cima y cúspide que le otorga el marmol de Carrara; pero que prefiere y elegi conversar. Una persona que parece estar llena de amor, de vitalidad y de una alegría muy real por lo que hace.
Salí de ahí con gratitud.
Gratitud hacia Friiiidita por llevarme y por dejarme llevar a mi amigo y cliente Pietro que también estaba impresionado. Gratitud hacia el maestro y su esposa por abrirnos las puertas de su casa y de su taller. Y gratitud también por recordar que la grandeza verdadera no siempre hace ruido.
Gratitud por recordar que somos seres cósmicos, y como tal, tenemos el derecho natural de experimentar sincronicidades cósmicas.





































