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La era del Oprah-ismo
El fenómeno Oprah manifiesta una virtud típicamente estadounidense: empuja hacia delante, al igual que otros iconos nacidos hace 25 años
En sus 25 años conduciendo su programa epónimo, Oprah Winfrey cambió vidas, la suya por sobre todas las cosas, pero no cambió la cultura estadounidense. Más bien reanimó y extendió un viejo fenómeno estadounidense: la tradición de la autosuperación de la cultura media que muchos observadores suponían que había muerto en la lucha contra la autoridad de los años 1960. El logro, pese a ser todo menos radical, resultó asombroso.
Para comprender su significación, positiva y negativa, pensemos en otras dos instituciones mediáticas que también debutaron en 1986.
La primera es la revista Spy, difunta desde 1998. Enormemente influyente, sobre todo en los círculos mediáticos de Nueva York. Spy introdujo el cinismo un poco esnob e irritante que muchos escritores menores de 50 todavía consideran sinónimo de sofisticación. Spy sí cambió la cultura.
Tanto Spy como “The Oprah Winfrey Show” vendían chismes e historias personales. Ambos hacían que sus públicos se sintieran socios de un club de gente superior. Ambos eran autocomplacientes. Pero las bases de esa autocomplacencia eran, por supuesto, muy diferentes.
Spy y su público se enorgullecían de ser más vivos, inteligentes y audaces; Oprah y su público, de ser solidarios, optimistas y resistentes.
En tanto “Oprah” apuntaba a la elevación, Spy se proponía poner a la gente en su lugar.
Winfrey fue uno de los primeros blancos de la revista. Un perfil en el tercer número de Spy se burlaba de su peso, de su “existencia de diva con caniche”, su exuberancia y su ansia franca de ser rica y famosa. Llamándola “soñadora descontrolada”; el autor Bill Zehme la comparó con la Norma Desmond, delirante y propensa a la dramatización, de “Sunset Boulevard” (El ocaso de una estrella).
Esta muchacha, “de estructura amplia, negra y sumamente ruidosa” le había dicho realmente “quiero ser, por cierto, la mujer negra más rica de los Estados Unidos. Quiero llegar a ser magnate”. Pensaba que tenía “una vocación más elevada” y se consideraba “profundamente efectiva”. Poseía múltiples abrigos de piel y un departamento en una torre de $800 mil. Su estupidez era superada solo por su sinsentido.
Oprah era la antítesis de todo lo que representaba Spy: una trepadora ridícula con un afán de lujo de niña pobre y sin ningún sentido aparente de la ironía. En 1986, tenía solo 32 años y no estaba todavía madura, ni como persona ni como conductora de un programa de entrevistas.
Su momento decisivo llegó más o menos una década más tarde, cuando tomó la arriesgada decisión estratégica de no seguir la carrera al fondo de la vulgaridad contra animadores como Ricki Lake y Jerry Springer.
En su nueva encarnación, Winfrey dejó a los ‘cabezas rapadas’ y las disputas familiares por los libros y las buenas acciones.
Adoptando su identidad de último avatar de la superación personal estadounidense, inspiró a los espectadores con invitados que habían vencido a la adversidad. Alentó a sus admiradores a leer novelas literarias a veces estimulantes.
En respuesta, Spy la llamó “gordita animosa” y declaró a su club de libros uno de los 100 hechos más irritantes de 1997. Lo que Spy consideraba detestable no era el lado cursi de los programas con invitados. Era el vigor sincero de la cultura media de Oprah.
Pese a las burlas de toda la vanguardia de Manhattan, ese ethos resultó tener un mercado enorme y lucrativo, especialmente entre las mujeres “baby boomers”.
Prueba de esto es no solo el legendario efecto Oprah sino el otro gran debut en los medios en el año 1986: las muñecas American Girl y su línea de libros asociada.
En los últimos 25 años, se han vendido casi 20 millones de muñecas American Girl, cuyo precio ronda los $100 cada una, y más de 135 millones de libros American Girl.
En 1998, Mattel adquirió la empresa por $700 millones. Publisher’s Weekly la define como “una usina editorial”.
Cada American Girl con recursos, ambiciosa y solidaria se sentía como en su casa en “The Oprah Winfrey Show” -—donde, de hecho, aparecieron todas las muñecas en un episodio de 2007. “Me encantan las historias de motivación y la forma en que las muñecas superaron los obstáculos y las chicas fueron inteligentes y creativas y con recursos y vivas”, dijo una madre.
Cuando Winfrey se metió entre bastidores en las oficinas de American Girl, una ejecutiva de marketing aseguró a las mamás en sus hogares que “estos libritos inocentes contienen lecciones de vida e historias muy contundentes”.
Los libros enseñan a las chicas a defender aquello en lo que creen, a ayudar a amigas en problemas, a tratar a todos con compasión y respeto, a estudiar y aprender, y a tomar iniciativas.
Si estas lecciones no tienen nada de novedoso, justamente ese es el punto. American Girl es la expresión de fines del siglo XX de la cultura de las chicas listas.
Es la sucesora posfeminista, con sensibilidad racial y conciencia ecológica, de Louisa May Alcott y Nancy Drew. (Molly, el personaje de la época de la Segunda Guerra Mundial, lee libros de Nancy Drew y hasta resuelve sola un misterio). Igual que Oprah, American Girl es honesta, anticuada y fantásticamente exitosa.
También es ficción pensada para niños. Y es ahí donde reside el problema de la superación personal de la cultura media al estilo Oprah. Sí, en comparación con la negatividad despiadada de Spy, el optimismo incansable de Oprah su afirmación de que cada persona y cada situación pueden redimirse resulta refrescante. No hace falta, sin embargo, ser un cínico irritante para reconocer sus limitaciones. ¿Debemos considerar realmente motivadora la lectura sombría de “La noche” de Elie Wiesel? ¿Tratar a Auschwitz como una experiencia de aprendizaje? ¿Seriamente?
El Oprah-ismo no fomenta ni el matiz ni el pensamiento crítico. De todos modos, aun en su mayor ridiculez filosófica, manifiesta una virtud singular y típicamente estadounidense: empuja hacia adelante. El pasado, afirma, quedó atrás y no puede cambiarse. Lo que importa ahora es lo que viene.
Y por eso, habiendo demostrado ser realista después de todo, la soñadora descontrolada sigue adelante.


Bloomberg News
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