Es cierto, tanto para la economía global como para los países en particular, que los sistemas económicos y políticos no están dando respuestas adecuadas a grandes desafíos. En primer lugar, cabe destacar la excesiva concentración del ingreso, la cual no solo es cuestionable éticamente, sino que está teniendo consecuencias y respuestas en los planos sociales y políticos que, en muchos casos, están siendo disfuncionales. Un solo dato ilustra el fenómeno: la concentración del ingreso en Francia en la actualidad se compara con la que tenía de previo a la Revolución Francesa. En segundo lugar, deseo mencionar el cambio climático. Una respuesta adecuada de mitigación y prevención de sus consecuencias requiere una adecuada coordinación global, claras prioridades nacionales al respecto y prácticas sostenibles de empresas y organizaciones. Ninguna está ocurriendo en las magnitudes requeridas.
Parafraseando al economista Joseph Stiglitz en su conferencia en Costa Rica, estamos ante fallas tanto del mercado como del Estado. La antigua discusión ideológica mercado vs. Estado (neoliberalismo vs. colectivismo), simplemente afirma la ventaja de uno sobre el otro, pero desconoce que ambos presentan fallas y, por lo tanto, ninguno contiene la respuesta integral. Ante estas fallas, la economía social solidaria y, en particular, las cooperativas, son una posible solución.
Desde luego que la respuesta a los dos grandes desafíos mencionados y otros como la gran proporción de personas en condición de pobreza y vulnerabilidad y el impacto de la IA y la automatización sobre los mercados laborales, requiere un rediseño global (los mecanismos de coordinación y solución de controversias trasnacionales e internacionales, entre otros), así como repensar el marco políticas públicas en un entorno de cambio tecnológico disruptivo y exponencial.
En este entorno complejo y multifactorial también debe haber respuestas a nivel micro, tanto desde los puntos de vistas sociopolíticos como económicos. Una de estas respuestas las provee el cooperativismo que, desde luego, no es la única. Empresas cooperativas bien gestionadas pueden resolver simultáneamente los desafíos de eficiencia y equidad. Por ejemplo, quizás una empresa de capital privado podría alcanzar los niveles de eficiencia que ha logrado la Cooperativa Dos Pinos, pero difícilmente lograría los mismos efectos distributivos positivos. Los excedentes se distribuyen entre más de 1.500 hogares costarricenses. Pero también la Dos Pinos ha sido factor clave para la supervivencia de miles de productores pequeños y medianos, tanto por un tema de precios como de apoyo al cambio tecnológico y la provisión de insumos a buenos precios. Esta historia se repite en sectores como el café, el azúcar y la ganadería, entre otros. Caber mencionar el caso de Coopesa R.L., una cooperativa autogestionaria que compite con éxito contra unas pocas transnacionales que dominan los mercados globales de reparación de aviones. Así, sus excedentes se reparten entre cientos de hogares costarricenses en vez de remitirse a alguna casa matriz. En este marco, debo citar el efecto documentado por el economista Roberto Artavia de las cooperativas en los cantones donde estas predominan en el procesamiento y distribución, combinadas con pequeños y medianos productores en la producción agrícola. El efecto del modelo cooperativo se expresa en valores más elevados del Índice de Desarrollo Humano cantonal en contraste con los cantones donde predomina la empresa privada en todas las fases de producción, procesamiento y venta.
Las cooperativas, de acuerdo con su marco legal, deben invertir en la educación y formación de sus asociados, sus familiares e, incluso, en las comunidades aledañas, con énfasis en los principios cooperativos principalmente aquellos referidos a la equidad, la igualdad, la justicia social, la solidaridad y la honestidad. No es de extrañar entonces que muchas cooperativas también sean ejemplo de prácticas ambientemente sostenibles en sus actividades y la promoción de estas entre sus asociados.
Por lo tanto, en el plano microeconómico, las cooperativas pueden ser parte de la respuesta a los grandes desafíos de la humanidad. Por eso, de manera visionaria, los constituyentes de 1949 previeron una responsabilidad estatal en la promoción del cooperativismo.
Ahora bien, la fortaleza distintiva del modelo cooperativo, una asociación democrática de personas (un asociado un voto) plantea también uno de sus desafíos para una gestión exitosa. En las cooperativas, particularmente las más grandes, sin el dominio definido por el aporte de capitales, las prácticas de gobernanza pueden ser más complejas por la posible distancia entre los asociados dueños y los consejos de administración, comités de apoyo y equipos gerenciales.
Por lo tanto, se deben promover las cooperativas, pero también la formación en los principios cooperativos y la adopción de las mejores prácticas de gobernanza corporativa. Entre estas últimas debe incluirse la idoneidad de quienes ejerzan o aspiren a puestos de mando, promover la práctica de incorporar miembros externos a sus consejos y comités, además de formación en el manejo de riesgo, prácticas de cumplimiento y, en general, cómo lograr una moderna gobernanza corporativa en un modelo de organización democrático.
En definitiva, en virtud de su capacidad para atender grandes desafíos del momento histórico (eficiencia y distribución, así como sostenibilidad ambiental y social) debemos promover la formación y desarrollo de las cooperativas, y esto debe incluir, además, fortalecer la formación en los principios cooperativos y atender preventivamente algunas de las posibles vulnerabilidades del modelo democrático de organización. Tratamiento preventivo que, reconociendo las particularidades de la empresa cooperativa, tiene paralelismos importantes con otros modelos empresariales.





































