Durante milenios se nos hizo creer que, para ser respetadas, debíamos parecernos a los hombres que tradicionalmente ejercieron el poder. Hablar más fuerte, mostrarnos más duras, responder con ironía, confrontar permanentemente, como si la autoridad tuviera voz masculina. La historia ha demostrado que no es así.
Angela Merkel gobernó la economía más poderosa de Europa sin necesidad de levantar la voz. Su fortaleza estaba en la serenidad, el análisis y la capacidad de tomar decisiones difíciles cuando el continente atravesaba profundas crisis.
Jacinda Ardern enfrentó un atentado terrorista, una pandemia y múltiples desafíos nacionales desde la empatía, sin que ello significara debilidad. Fue firme cuando tuvo que serlo y cercana cuando su pueblo más la necesitó.
Michelle Bachelet y Corazón Aquino también demostraron que la autoridad puede ejercerse con calma, inteligencia y sensibilidad, sin recurrir a la agresividad como mecanismo de validación. Bachelet enfrentó desastres naturales, conflictos sociales y un escándalo familiar que erosionó su popularidad. Aquino tuvo que consolidar una democracia naciente mientras resistía intentos de golpe de Estado, conflictos armados y catástrofes naturales.
Pensé en estas mujeres líderes después de asistir a una actividad que me permitió conocer una cara muy distinta de la presidenta de Costa Rica, Laura Fernández Delgado, cuando se dirigió a una audiencia de empresarios en la que estuve presente. Aclaro que utilizo el cargo de presidenta y no presidente —como ella prefiere llamarse— no por llevarle la contraria, sino porque la Real Academia Española reconoce "presidenta" en el diccionario académico desde el año 1803, está documentada su validez de uso en textos en español desde el siglo XV y reconoce la palabra como la forma adecuada en español.
La Laura que he observado en conferencias de prensa, entrevistas y actividades públicas es una mandataria que proyecta una imagen confrontativa. Con frecuencia responde con un tono elevado, utiliza la ironía como recurso y transmite un temperamento altanero que termina convirtiéndose en parte del mensaje. Es un estilo de comunicación que recuerda a una forma de hacer política históricamente asociada a dirigentes hombres, donde la firmeza parece medirse por el volumen de la voz, la contundencia del enfrentamiento y gestos de autoridad.
Sin embargo, en la actividad en donde participé, conocí a otra Laura. Una mujer firme, preparada, informada y segura de sí misma. Expuso sus ideas con claridad, respondió con precisión y mostró un fino sentido del humor, sin recurrir a la burla ni a la ironía. Se mostró cercana, inteligente y respetuosa, ejerciendo autoridad desde la seguridad de sus argumentos y no desde la confrontación o el sarcasmo.
No vi una mujer tratando de endurecerse para demostrar poder. Vi una mujer ejerciendo liderazgo desde su propia identidad. Y esa, precisamente, es la presidenta que me gustaría ver siempre.
Las mujeres no tenemos que masculinizar nuestro liderazgo para ganarnos el respeto. No necesitamos gritar, utilizar vocabulario soez, amenazar, ridiculizar a quienes piensan distinto ni convertir la confrontación en un espectáculo permanente. Quizá la mayor fortaleza de una mujer en el poder sea precisamente demostrar que se puede gobernar con firmeza, inteligencia y carácter, sin dejar de ser auténticamente mujer.
Me atrevo a asegurar que los costarricenses también responderían positivamente a esa versión de liderazgo, porque los pueblos admiran a los gobernantes fuertes, pero terminan amando, a los que además de ser fuertes, tienen la capacidad de hacer sentir a la ciudadanía que el poder puede ejercerse con respeto y humanidad.





































