El Almodóvar más hiriente resurge en "La piel que habito" Idioma
Hacía muchos años que Pedro Almodóvar no filmaba con tanto acierto los pormenores
El Almodóvar más hiriente resurge en “La piel que habito”
Hacía muchos años que Pedro Almodóvar no filmaba con tanto acierto los pormenores del alma como en “La piel que habito”, cinta que toma como prisma la crueldad mental para reflexionar sobre una contemporaneidad sin escrúpulos.
¿Quién le iba a decir a Almodóvar, siempre visionario, que acabaría abominando del progreso? El genio manchego ha tardado en volver a tomarle el pulso a una provocación que encuentra no en sus habituales caminos de pasión, sino en los de la bioética.
Rodeado de su vieja guardia, Antonio Banderas y Marisa Paredes, subiendo a la primera división a una radiante Elena Anaya, y abriéndose a nuevos fichajes, apuesta por el desenfreno argumental de una venganza barroca.
Almodóvar, que nunca había recurrido al “thriller”, dosifica no solo los misterios de su enrevesada trama, sino los giros de una reflexión impactante sobre lo contemporáneo, cuyas libertades mal entendidas se convirtieron en un aparato tan opresor como los antiguos vetos.
Almodóvar vuelve a jugar al juego del amo dominado y llena al villano de una vulnerabilidad y un desamparo que demuestran que, por un lado, ni siquiera los verdugos vencen, sino que sufren. Y, sobre todo, generan una malsana compasión.
Para ello, se sirve de un Banderas impecable y sometido al hieratismo y de una Anaya con la que culmina su proceso que inició con Penélope Cruz: el de filmar a su musa como si fuera una auténtica obra de arte en sí misma.
La madurez es el factor común de “La piel que habito”, película que, en el simbólico número 18 de la filmografía de su autor, alcanza cotas adultas sublimes hasta dejar en evidencia a toda una época que ha tomado un rumbo pusilánime hacia el éxito y la perfección.
Redacción Internacional / EFE