Panamá se ha convertido en potencia del fútbol de Concacaf y a nivel centroamericano practica el mejor fútbol de la zona.
En las últimas ediciones de la Copa Oro, hemos presenciado el avance en cuanto a calidad de fútbol de las selecciones caribeñas.
Incluso, la República Dominicana, país cien por ciento beisbolero, mostró sus avances futboleros en la última edición de esa competencia. A nivel de clubes, Nicaragua ya ha dado cuenta de los mejores equipos costarricenses.
La frase de moda es que en el planeta fútbol las distancias se han acortado, sin embargo, quienes cuestionan la baja calidad del fútbol costarricense, con toda razón afirman que la Selección Nacional después de Brasil 14, no ha recortado distancias con ninguna de sus similares.
Y este es el tumor del fútbol costarricense: su baja calidad y si no se puede hacer chocolate sin cacao, tampoco se puede jugar bien al fútbol, sí nuestros futbolistas son incapaces. Repito y repito que el fútbol costarricense es de quinto mundo, calificativo que molesta a la mayoría de sus actores.
Esta eliminatoria de la que fuimos eliminados, fue retrato fiel de nuestra apreciación. En seis partidos, solo se jugaron 30 minutos de buen fútbol, cuando nos adelantamos 2-0 frente a Haití en el segundo juego de la eliminatoria, con goles de Kenneth Vargas al minuto y Alonso Martínez al 34.
Ese par de jugadas que terminaron en los cordeles haitianos, no se repitieron en el resto de la eliminatoria. En el cierre, frente a Haití y Honduras, la Selección Nacional jugó 180 minutos sin meter un gol.
Desde luego que suena trillado comentar qué observando los juegos de Champions, de la Copa Libertadores, las ligas europeas, el vértigo y ritmo del campeonato mexicano e incluso algo de la MLS, fácil deducir, analizando nuestro campeonato, que la distancia en cuanto a calidad de fútbol es abismal. No es corta: es abismal.
Nuestro fútbol es demasiado, pero demasiado mediocre, consecuencia lógica de que lo practican futbolistas de baja calidad, desde luego que con excepciones.
Y claro que Miguel Herrera se equivocó y tuvo yerros monumentales. Sus alineaciones y lectura de los juegos a la hora de ordenar variantes fueron un desastre, pero el tumor de nuestro fútbol, el que lo tiene enfermo y en coma no es responsabilidad del técnico de turno.
El fútbol de Costa Rica no sirve, porque quienes lo practican, no sirven. Y punto.





































