Una llamada de atención a padres, docentes y a la sociedad
Nancy Chittenden Gutierrez
Psicopedagoga
El acoso escolar, conocido también como “bullying”, no siempre deja moretones visibles. En muchas ocasiones, las heridas más profundas son las que no se ven: las emocionales. Más allá de los insultos, empujones o burlas, el acoso escolar tiene un costo oculto que afecta directamente la salud mental y emocional de los niños y adolescentes.
Muchos jovenes viven su dolor en silencio. Lo he vivido junto a mis estudiantes angustiados que me comentan su situacion. Tienen miedo de hablar, de ser juzgados, de no ser tomados en serio. A menudo sienten que contarle a un adulto podría empeorar la situación o desencadenar represalias. Esta barrera de silencio refuerza la soledad, la ansiedad y la baja autoestima. Los niños acosados no solo están perdiendo su tranquilidad; están perdiendo también su confianza en los adultos que deberían protegerlos.
El bullying no solo proviene de otros estudiantes. En algunos casos, son los mismos adultos, incluyendo maestros, quienes con burlas, humillaciones o actitudes autoritarias pueden generar entornos hostiles e inseguros. Cuando un niño se siente ridiculizado por la persona que debería orientarlo y protegerlo, la herida emocional es aún más profunda.
Como sociedad, tenemos la obligación de escuchar más allá de las palabras. Padres, escuchen con el corazón cuando sus hijos digan que “no quieren ir a la escuela”. Docentes, observen las señales silenciosas: el aislamiento, la tristeza inexplicable, los cambios de comportamiento. Y todos nosotros, como comunidad, dejemos de minimizar el acoso escolar con frases como “así son los niños” o “también nos molestaban a nosotros”.
El bullying no es un rito de paso. Es una forma de violencia que puede dejar cicatrices permanentes. El costo oculto del acoso escolar es la infancia robada, la confianza quebrada y, en algunos casos, la vida misma.
El 7 de mayo de 2025, Santiago Delgado desapareció. Hasta hoy, no ha sido encontrado. Santiago había manifestado miedo, aislamiento y angustia. Sufria de buleo en el colegio. Su historia no es única. Es el reflejo de cientos de niños que sufren en silencio, que caminan solos por pasillos escolares mientras el mundo finge no ver.
Hoy, todos somos Santiago.
Es hora de hablar, de actuar y de tomar en serio cada palabra que los niños intentan decir, incluso cuando lo hacen en silencio.





































