Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 22 Noviembre, 2008

ELOGIOS
El Baño

Leopoldo Barrionuevo

Algunos lo denominan interior, como si se tratara de un Ministerio, otros, con más roce internacional lo llaman rest-room o water close, en Perú SS.HH. (Servicios Higiénicos), los campesinos, letrina y el calificativo público que lo distingue —cuando no se lo identifica con un logo o un icono muchas veces indescifrable, es Hombres, Señores o Caballeros, este último deriva en un trato que desde el principio de los tiempos tuvo que ver con el caballo.
De todos modos, el baño ha sido históricamente un testigo clásico de la historia de la humanidad, como no podía ser menos; no fue solamente algo destinado al aseo personal, sino mucho más: tenía connotaciones religiosas primero y culturales, después, tal como ocurriera en Egipto, Grecia y Roma. En Egipto, los ungüentos perfumados eran preparados por los sacerdotes, inspirados en el dios Thot, ningún egipcio —sin importar su clase social— eludía el baño diario. Los hebreos, como los egipcios, no conocían el jabón pero usaban una arcilla con potasio que irritaba la piel, por lo que usaban compuestos con aloe, azafrán o mirra. En cuanto a los griegos, para muchos los baños eran inaceptables porque el olor de los atletas desaparecía, pero los más ricos entendían que el baño era prestigioso. Sin embargo, nadie como los romanos quienes no solo contaban con baños públicos imponentes para varios miles de gentes, sino que eran verdaderos centros sociales de conversación e intercambio cultural.
Siguieron después los hamam o baños turcos y los baños japoneses, los primeros siguen extendiéndose y derivando hacia los modernos jacuzzi, en cuanto a los japoneses, llamados onsen y más conocidos por spas son baños de agua a 40º de temperatura.
Pero yo recuerdo en mi juventud los teatros y cines de Buenos Aires con un hueco en el piso y un depósito a cadena en lo alto y en el baño de damas un inodoro de la marca “Pescadas” que debió ser un fabricante rumboso y enriquecido. No había mingitorios como los de hoy sino más pudor, con una separación entre puesto y puesto que no permitía cotejar a los curiosos ni salpicar a los inocentes. La tecnología operaba gracias a un expendedor de condones que mediante una moneda de veinte evitaba la vergüenza de solicitarlo en el mostrador de la farmacia; tampoco he olvidado los baños de cantina con una pared por cuyo piso acanalado corría agua, pero nunca conocí más que en ruinas romanas los famosos “vomitorios” donde se acudía para despejar el estómago y seguir disfrutando de un banquete de exquisiteces.
El baño del hogar cada vez cuenta menos con bañera que con ducha y ni hablar que por razones de costo se va perdiendo el uso del bidet, un invento digno de los galos.
Pero para mí, lo que más cuenta es que el baño históricamente es como un templo de intimidades y deseos: allí uno se siente superman o la mujer maravilla y se habla a sí mismo en busca de reflotar su autoestima en un intento de confesionario hacia la propia mismidad. Así, en el “carpe diem” —el vive intensamente el día de hoy— de cada mañana, no existe un lugar en el domus, en el hogar, donde se tenga más sentido del encuentro de pesares y sentires. Pocas veces nos lo planteamos, pero el baño corporal cotidiano, esa purificación inevitable del organismo, se complementa con un baño interior que no justifica el convertir al menospreciado cuarto de baño en un tendedero de ropa interior. Incluso los que cantan entre sus paredes le dan el toque artístico musical y yo no pierdo la esperanza de un concurso televisado entre esos cantantes a toalla caída.
Finalmente, es bueno recordar que el arte se benefició de la etapa senil de Dominique Ingres, cuyo “Baño turco” de 1862 ocupa un lugar prominente en el Museo del Louvre. Todo conduce a una reivindicación de un sitio pocas veces ponderado pero invariablemente visitado con más alegría que resignación.

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