El 11 de junio de 1990, la Selección Nacional derrotó 1-0 a Escocia en el Mundial italiano.
En el Auditorio Nacional y con la presencia del técnico Bora Milutinovic, se rindió homenaje a los héroes de la justa mundialista.
Estuve presente en ese histórico partido, en un palco desierto del Luigi Ferraris en Génova, donde solo se encontraba un aficionado, fanático de la selección escocesa: Rod Stewart.
¿Cómo llegué a ese palco?
La Federación de Fútbol, presidida por el Dr. Longino Soto, me nombró periodista oficial del seleccionado.
Días después, un triunvirato formado por Isaac Sasso, Hermes Navarro y Fabio Garnier, decapitó a don Longino, le cortó la cabeza a Marvin Rodríguez, el técnico que clasificó a la Tricolor al Mundial y me botaron como periodista del seleccionado. Nombraron al colega Javier Rojas.
Bora Milutinovic fue nombrado técnico de la Selección Nacional.
La Tricolor no hizo buenas presentaciones en los juegos de fogueo. Bora, inteligentemente ordenó que el equipo viajara de Estados Unidos a Italia, para evitar las críticas locales al flojo desempeño del equipo. Los malos resultados siguieron en varios países de Europa, donde la “Sele” se fogueo antes de instalarse en Génova.
En esta Nota me convertí en un crítico directo y frontal de esas mediocres presentaciones de la Tricolor y pagué caro las consecuencias.
“La República” me envió a dar cobertura al Mundial y cuando me presenté con Juan José Gámez a retirar mi acreditación, dirigentes de la Federación me habían excluido de la lista de periodistas acreditados.
Me quedé sin herramientas para el trabajo.
Ni siquiera podía ingresar a los estadios.
Un grupo de colegas, entre ellos Pilo Obando, Hernán Morales, el “Cazador” Barboza, Rodolfo Martín y otros formaron un pelotón, me encerraron dentro de un muro humano y pudimos saltarnos los puestos de seguridad para ingresar al estadio. Ellos enseñaban sus credenciales y yo de largo el carné del periódico.
No podía ir al palco de prensa, a la cancha ni a los vestuarios. Me puse a caminar en el sector de palcos, observé uno con un solo cliente, me metí a la espera de que me expulsaran, pero la seguridad no llegó.
Luis Gabelo Conejo empezó a atajar, Rod Stewart a sufrir y este columnista, asombrado, eufórico, extasiado, testigo de primera mano de la hazaña de aquellos héroes que habían cantado en la previa: “lo daremos todo, en el Mundial, lo daremos todo”.





































