Hablando Claro
Vacaciones diputadiles

Las vacaciones diputadiles no son una gollería. Como el resto de los mortales, los legisladores deben tener periodos de descanso; no solo porque se trata de un derecho laboral básico, sino porque también resulta políticamente imperativo airear las ideas, tan escasas por demás estos días en los que la desnutrición del debate político, la carencia de argumentaciones fundamentadas y las desmedidas ansias de notoriedad y espectacularidad, nos tienen hasta la coronilla; lo cual implica que las vacaciones del Congreso también son necesarias para que los ciudadanos descansemos de ellos, de sus excesos y sus poses carentes en pocos pero muy notorios casos de la mínima credibilidad y consecuentemente de ínfima inspiración y sí de mucho repudio y afectación hacia el sistema legislativo en particular y la institucionalidad democrática en general; dado que es casi imposible que los gobernados entiendan la naturaleza de ese escenario de la guerra política que es el Legislativo; sobre todo cuando la deliberación se hace a ras del suelo.
Dicho lo anterior, probablemente lo que irrita de estas vacaciones de medio año, es que las señoras y señores diputados hayan accedido al receso sin que hubieran realizado la asignación pendiente debido a una rabieta que pretendió alcanzar ribetes de crisis política. ¿Quién ha visto que el curso lectivo se interrumpa sin que terminen las asignaciones y las tareas de los estudiantes?
Los diputados que dicen estar de acuerdo al unísono en aprobar la emisión de títulos valores en el mercado internacional para cambiar deuda pública cara por deuda externa barata, como paliativo para enfrentar nuestra cada vez más aguda crisis fiscal y con ello reducir la presión sobre las tasas de interés, dejaron la hoja del examen en blanco y se levantaron de los pupitres a disfrutar de vacaciones no merecidas. Por mucho que coincidamos en que el Ejecutivo no manejó adecuadamente la situación de las deplorablemente célebres cartas de recomendación y acreditación del vicepresidente Liberman y el ministro Garnier (respectivamente) ello no exime en absoluto la obligación congresional de haber aprobado el denominado proyecto de los eurobonos antes del receso.
Este es un país al que en términos de prioridades se le pasea el alma por el cuerpo. Y este Congreso va quedando en deuda. Los diputados no fueron capaces de tramitar correctamente una reforma fiscal postergada por una década y ahora se toman todo el tiempo del mundo para aprobar un sucedáneo, que aunque pequeño para resolver el déficit, dará un gran alivio a los más de medio millón de conciudadanos que tienen préstamos que pagar cada mes. Esperemos que al retorno de las vacaciones los diputados no se valgan de cualquier otro gazapo o subterfugio (que en todo caso nunca faltarán) para sustraerse de sus obligaciones y deberes para con el país.
Que haya vacaciones sí. Pero bien ganadas.

Vilma Ibarra

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