Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 9 Mayo, 2009


Elogios
Reunionitis aguda

Reunionitis es, como su nombre lo indica, la enfermedad que aqueja a la gerencia toda vez que no se sabe qué rumbo seguir o qué medidas tomar o bien, no se quiere asumir la responsabilidad que es propia de la Dirección. Debido a ello, toda vez que no se sabe qué hacer con una decisión, se forma un comité.
Hay empresas en las cuales en vez de trabajar la gente se reúne o al menos, sus ejecutivos viven en medio de reuniones, en otras, la gente trabaja. Será por eso que cuando se presenta cualquier amenaza de crisis, se practica una cruenta Reingeniería que se traduce en varios centenares de bajas o despidos, para eliminar todo ese tiempo de puro desperdicio que significa reunirse.
¿Por qué la gente se reúne más de la cuenta? Peter Drucker decía que la única explicación posible es que los jefes no saben qué es lo que hay que hacer y esperan que los subordinados los ayuden, lamentablemente, en la reunión suelen hablar los que menos saben, aprovechando a esgrimir su mediocridad, y puesto que en su actividad habitual no se destacan, quieren suponer que los demás aguardan su participación ansiosamente para aprender, cuando lo más probable es que lo que intentan es divertirse.
Lo cierto —decía Drucker— es que nos reunimos o trabajamos. No podemos hacer las dos cosas a la vez. En realidad, las tareas de un trabajador intelectual no se miden por su participación en reuniones anodinas, por lo general muy ineficaces en su manejo, sino por los resultados que se obtienen y quienes son duchos en participar en reuniones no ignoran —aunque pretendan disimularlo— que si fuéramos honestos en nuestra evaluación, reconoceríamos que la mayor parte del tiempo se dilapida con impunidad y sin otro objetivo que cumplir con una especie de requisito ancestral que proviene de tiempos lejanos en que las reuniones pretendían ser cuando menos democráticas. Hoy, en cambio, la abundancia de las reuniones son apenas un síntoma de mala organización.
Sin embargo, nadie ignora que muchas de las reuniones se celebran no para compartir el éxito de una gestión sino para dispersar la culpabilidad de las malas resoluciones que de ese modo resultan compartidas y en otros sirven para hacer creer que uno participa en las decisiones, cuando en realidad, esas mismas decisiones llegan “cocinadas” a las salas de reuniones.
Las salas son demasiado cómodas para pensar y el poder siempre tuvo que ver con las asentaderas, con lo que no pretendo sacar conclusiones, sin embargo debe recordarse que los romanos llegaron a utilizar incómodos asientos de piedra para que las reuniones duraran poco y no fueran interrumpidas por las siestas de los participantes.
En realidad en toda reunión es poco menos que imposible evitar que los que hablan conserven su tiempo, manejen su ritmo y concreten sus ideas, en especial porque lo importante no se distingue de la distracción o de lo marginal y porque lo auténticamente trascendente no pasa del 10% de los temas o problemas que merecen la reunión, lo que equivale a resbalar por la cáscara de la fruta sin llegar nunca a la pulpa.
Para Drucker, las reuniones deben tener una meta específica, de lo contrario no sirven para nada. “Una empresa donde la gente se reúne a cada momento es un lugar donde no se realiza nada”.

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