Cada año, más de mil mujeres en Costa Rica reciben un diagnóstico de cáncer de mama. Según el Registro Nacional de Tumores, en 2022 se contabilizaron 1.337 nuevos casos, con una tasa de incidencia cercana a 55 por cada 100.000 mujeres. La Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) reporta además un promedio de tres diagnósticos diarios, mientras que en 2023 se registraron 426 fallecimientos por esta causa.
A pesar de los avances médicos y del acceso creciente al tamizaje, la reconstrucción mamaria continúa siendo una deuda con cientos de mujeres que sobreviven al cáncer. La CCSS realiza cerca de 600 cirugías reconstructivas de mama al año, pero no existe un registro público actualizado que indique cuántas pacientes que pierden una mama acceden efectivamente a este procedimiento como parte de su recuperación integral.
En Costa Rica, la práctica de la reconstrucción mamaria inició en el Hospital San Juan de Dios a inicios de los años ochenta. Desde entonces, los avances técnicos —como los colgajos microquirúrgicos y el uso de implantes— han ampliado las opciones reconstructivas. Sin embargo, la reconstrucción inmediata, aquella que puede realizarse en el mismo acto quirúrgico que la mastectomía, no es aún la norma en el sistema público.
A nivel mundial, estudios estiman que solo entre el 44% y el 57% de las mujeres candidatas acceden a la reconstrucción mamaria, dependiendo del país y del sistema de cobertura. Esta brecha refleja no solo limitaciones médicas o presupuestarias, sino también una falta de reconocimiento del impacto psicológico y social que tiene la pérdida de una mama en la vida de las mujeres.
Un estudio de la Revista Ciencia y Salud de la Universidad de Costa Rica describe cómo muchas pacientes experimentan sentimientos de pérdida de identidad, alteración de la autoestima y disminución en la calidad de vida luego de la mastectomía. La reconstrucción, en cambio, reduce la ansiedad, mejora la percepción corporal y facilita la reintegración social y laboral.
Según el Dr. Christian Rivera, cirujano plástico y reconstructivo, pionero en programas de reconstrucción mamaria en Costa Rica, “la reconstrucción mamaria no es una cirugía estética: es una cirugía reparadora del cuerpo y del alma. Representa la posibilidad de devolver a la mujer su integridad física y emocional después de haber enfrentado una de las experiencias más duras de su vida. La salud mental y la calidad de vida deben ser consideradas parte del tratamiento oncológico, no un lujo posterior”.
La supervivencia a cinco años de las pacientes con cáncer de mama en el país ronda el 76 %, según un estudio de la CCSS realizado entre 2008 y 2012. Las mejores tasas se observan en los casos diagnosticados en etapas tempranas, lo que confirma la importancia del tamizaje y la detección precoz.
No obstante, el reto actual va más allá de la supervivencia. Se trata de garantizar que vivir después del cáncer sea posible con dignidad, salud emocional y opciones reales de reconstrucción.
“Costa Rica ha logrado avances admirables en cobertura sanitaria, pero aún tenemos que dar el siguiente paso: reconocer la reconstrucción mamaria como un derecho garantizado, accesible en tiempos razonables y con acompañamiento psicológico. La mujer que supera el cáncer merece recuperar también su confianza, su cuerpo y su sonrisa”, añade el Dr. Rivera.
El fortalecimiento de los programas de mamografía, el acceso equitativo a cirugías reconstructivas y la incorporación sistemática del apoyo psicológico son pilares para un modelo de atención más humano. Integrar estas dimensiones permitirá que la lucha contra el cáncer de mama deje de ser solo una batalla por la vida, y se convierta en una historia de recuperación integral, esperanza y plenitud.