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Mientras China ascienda en poder económico y extienda sus actividades globales, tendrá que asumir el costo de un mayor escrutinio internacional sobre sus asuntos internos


Más allá del Tíbet


Conforme la fecha de arranque de las Olimpiadas Pekín 2008 se acerca, la atención del mundo sobre China ha crecido, lo que a su vez es una oportunidad aprovechada por grupos que se oponen a la doctrina y régimen de poder de su gobierno.
No es un secreto que China cuenta con adversarios, por razones económicas, ideológicas e históricas.
Los recientes enfrentamientos iniciados desde el 10 de marzo entre monjes budistas tibetanos, secundados por civiles y autoridades chinas, han generado un fuerte debate internacional.
Sin entrar a discutir sobre quién tiene la razón en este conflicto, los reproches sobre derechos humanos y libertad religiosa en el gigante asiático son los puntos que más han resaltado de las críticas.
Desde una perspectiva mediática, uno de los elementos que acrecentaron el malestar de la prensa internacional ha sido el de las restricciones encontradas por periodistas extranjeros que fueron expulsados de las zonas de protesta en días pasados por autoridades chinas, bajo el argumento de “salvaguardar su seguridad”.
Recientemente, un grupo de reporteros escogidos por el Gobierno de la República Popular fueron autorizados a viajar a Lhasa. El Ministerio de Exteriores de esa nación ha asegurado que se siguieron principios de “equidad” para la escogencia de los periodistas. En todo caso, el poder de la elección estuvo en manos del Gobierno chino y bajo sus consideraciones, lo cual constituye un condicionamiento.
En el último informe estadounidense sobre Derechos Humanos, publicado este mes por el Departamento de Estado, resultó un gran alivio para China que se le quitara de la lista de países con las peores prácticas en esta materia.
No obstante, el informe acusaba a las autoridades del gigante asiático de aumentar las restricciones a la libertad de expresión, entre estas sus esfuerzos por controlar el uso de Internet.
Como respuesta, Pekín publicó su propio informe, en el cual se documenta lo que consideran como violaciones de los Derechos Humanos en Estados Unidos.
El asunto sobre la autonomía en el Tíbet ha despertado también cuestionamientos por la libertad religiosa en China.
Pese a que organizaciones independientes como China Aid Association aseguran reportar un aumento de detención de religiosos, existe un florecimiento de la fe en ese país.
Entre las limitadas pruebas disponibles, el periódico Times de Londres informaba que se ha elevado la demanda de ejemplares de la Biblia. Según el artículo, ha alcanzado la suma de 50 millones de libros impresos, cuyo único editor autorizado en China es Amity Printing.
Por otra parte, las inciertas relaciones entre China y el Vaticano, principalmente por el nombramiento de obispos, han mostrado a la opinión internacional un fragmento de esta problemática.
En todo caso, el conflicto con el Tíbet es una dura prueba de relaciones de apertura e imagen para China.
Conforme este país ascienda en poder económico y extienda sus actividades globales, tendrá que asumir el costo de un mayor escrutinio internacional sobre sus asuntos internos.
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