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La noche celeste
A Uruguay le salió un partido perfecto ante una Costa Rica ingenua

Les quemó el balón; salvo Walter Centeno y Bryan Ruiz, nadie lo quería; Cristian Bolaños cobró un saque de banda y no tuvo a quién dársela; el mismo Bolaños despejó a lo que salga y le puso la bola en bandeja a Pereira, quien soltó un zurdazo bien rechazado por Keylor Navas.
Peor prólogo no pudo presentar Costa Rica; asustado en su propio patio, ante un rival lleno de nombres pero que bien se le llama la Italia suramericana.
Huraño, mezquino, escondido, resultadista. Vino por el empate y se encontró el triunfo, no por virtudes propias, sino porque la ingenua tricolor se lo entregó.
¿Qué se habla en las concentraciones? ¿Qué se practica en los entrenamientos?
¿Por qué Douglas Sequeira le regala a Estados Unidos un tiro de esquina, que nos costó luego el tiquete directo al Mundial y el sábado, Miller hace lo mismo y de esa falta, Uruguay liquida el partido?
¿Por qué Gilberto Martínez no se tiró al zacate cuando se lesionó para detener el juego? ¿Por qué Luis Marín la sigue jugando con su compañero “herido”?
Veinte minutos para corroborar que Uruguay traía dos leñadores en la mitad del campo; dos cortadores de zacate; martillo que pegó a los tobillos del par de talentos criollos, Ruiz y Paté, víctimas de la espuela, el coraje y la sangre celeste de Sebastián Eguren y Alvaro Fernández, los dueños del partido.
Conocedores de que se presentarían en un terreno de juego imposible para jugar bien al fútbol, el maestro Tabárez no expuso a sus astros, como Forlán y Suárez a un cotejo de sacrificio, sino que los paró cerca de la mitad del campo a colaborar en el encierro.
Con dos laterales ofensivos asustados en la primera parte, Sirias y Bolaños, con Celso en la calle, con Centeno y Bryan atados, de nuevo Alvaro Saborío sufrió el calvario del aislamiento, atrapado en las garras de Godín y Victorino que se tragaron sin indigestarse ese pastel. La mejor figura fue Randall Azofeifa, no solo tapando el talento del juvenil Lodeiro, sino que dibujó buenos filtros ofensivos, uno de ellos casi gol con la raspa de cabeza de Ruiz.
Mas era insuficiente; se necesitaba jugar otro tipo de fútbol, más envolvente, más rápido, de mayor acompañamiento entre líneas.
Ante ese arranque tan incierto, tan desconcentrado y nervioso del equipo nacional, el gol de Diego Lugano cuando atrapó el tiro de esquina de Lodeiro en dos instancias distintas, apenas en el min. 21, resultó tapa a la fosa tricolor.
Tapa y fosa igual a cementerio; en eso se convirtió el Saprissa.
A Uruguay le cayó el partido de perlas; a los expertos en esconder resultados y marcadores se les presentó el juego perfecto.
Uno a cero; anotan cuando Costa Rica tiene diez hombres; sus tres centrales chocan y aniquilan la fuerza de “Sabo” y las tijeretas de Fernández y Eguren, con la complacencia del silbatero español, hacen el resto. Las estrellas, Suárez y Forlán, guardan sus morteros para el Centenario.
En la segunda parte, no despertó Costa Rica; se despertó Cristian Bolaños quien despedazó la marca de Pereira y creó tres ocasiones propicias de gol, pero nadie pudo cerrar sus incursiones. Se vislumbró la oportunidad del empate, pero, la ingenua expulsión de Azofeifa mandó todo al carajo.
Mejor para los charrúas: ganan 1-0, juegan contra diez y se atrasa el único hombre que los alteraba en ataque. ¡Ni hablar!
Pero, ni se inmutan, siguen igual; como Italia.
Manejan el marcador, lo cuidan, lo miman a la espera de otro zarpazo, que no llegó de la cabeza de Sebastián Fernández, a servicio medido de Forlán, por obra y gracia del dedo gordo de Junior Díaz.
Esa era la sentencia de muerte; el final del eventual Mundial; el gol no entró y ahora se viaja a Uruguay, heridos de muerte, pero sin el ataúd.



Gaetano Pandolfo
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