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Miércoles 1 Julio, 2015

La mujer a la casa y el hombre a la calle: ¿superamos el mandato?

Una frase llamó mi atención hace unas semanas cuando realizaba las lecturas para una clase de la Universidad: “la dicotomía entre lo privado y lo público ocupa un papel central en los casi dos siglos de texto y de luchas políticas feministas”.
Era Carole Pateman hablando de esta suerte de división entre dos esferas de la vida de todas las personas.


Pronto comprendí que esta división tenía características materiales y emocionales. El hecho de que la sociedad confine a las mujeres al espacio doméstico y asigne a los hombres a lo público permite comprender la dinámica misma de una sociedad/cultura donde ambos se han desarrollado; si bien hombres y mujeres valoran vivir en familia por "afecto, protección o apoyo", muchas veces se convierte en el espacio donde el abuso y el dolor son una realidad casi diaria y cuya balanza se inclina mayoritariamente hacia las mujeres.
Si pensamos en la dimensión histórica debe recordarse que durante mucho tiempo se sostuvieron tesis que colocaban a la mujer como un ser inferior: la inferioridad moral (el paradigma de Eva), la posición intelectual (la mujer limitada en su inteligencia por razones “naturales”) y la biológica, entre otras (la menstruación como factor debilitante y como recordatorio ineludible de su única función en la vida: la procreación).
Lo verdaderamente increíble es que algunas de estas creencias irracionales llegan hasta nuestro siglo dejando mucho camino por delante para encontrar la verdadera Igualdad entre hombres y mujeres, sus derechos, sus deberes y su libertad.
Según la Encuesta sobre el Uso del Tiempo del Gran Área Metropolitana (2011), las mujeres destinan casi 37 horas semanales a las labores domésticas mientras que los hombres destinan apenas 15 horas, lo que representa menos de la mitad.
No son pocas las mujeres que al finalizar el día, cansadas en su "cautiverio", reciben con esperanza las pocas horas de la noche, no para descansar sino para iniciar otra jornada más, muchas estudian, siguen las labores de cuido y de la casa, o “se echan encima un trabajito extra" con el fin de tener una mejor vida para ellas y sus hijos o hijas.
Pero entonces y bajo este panorama, ¿es factible llegar a construir un espacio donde lo público y lo privado tengan el mismo valor y respeto?
Provoca pensar, si la mujer tiene toda la capacidad de desarrollarse en el ámbito público como trabajadora o política, y de la misma forma un varón puede desarrollar todas las labores domésticas y de cuido necesarias en el hogar, entonces ¿por qué llevamos 10 mil años funcionando igual como sociedad?, ¿qué es lo que no hemos contemplado?, ¿qué nos impide ver la solución?, ¿queremos verla?
De verdad, ¿los hombres no tienen sentimientos ni forman parte de la reproducción?, ¿dónde quedan sus emociones?, ¿están escondidas detrás de una máscara para evitar la sanción de una sociedad patriarcal? Y en la otra acera, ¿estaremos apuntando las mujeres de verdad hacia la equidad que tanto anhelamos?
En nuestra sociedad, todo cambio en la construcción de la feminidad debería implicar un cambio en la construcción de la masculinidad como identidad de los varones y como paradigma de vida.
Cambia la política, la economía, lo laboral ¿y lo reproductivo?... No en vano encontramos una enorme oposición, el cambio no es sencillo, pero debe ser.
Mi respuesta frente al mandato fue la diferencia: decidí ser diferente. Como madre, eduqué a mis hijos varones desde una lógica de respeto, amor y cuidado porque quiero que ellos sean parte de la diferencia también.
Los próximos 30 o 50 o 200 años serán de mayor acercamiento hacia la igualdad entre hombres y mujeres, no para probar quién es el mejor o si alguien tenía o no razón; sino para que todas las personas, en todos los lugares, en todas las etapas de la vida, tengamos una vida digna y un futuro más prometedor.

M. Auxiliadora Sandoval Baltodano
Estudiante de Psicología