Es frecuente que inicie una charla de igualdad de género y nuevas masculinidades, con la frase “soy feminista y estoy segura que la mayoría de los que estamos presentes lo somos”. A reglón seguido explico que toda persona que cree e impulsa la igualdad de género es feminista. Basta con respetar y propiciar la igualdad de derechos, oportunidades y libertades entre hombres y mujeres, rechazar la discriminación y violencia de género, para ser considerado feminista.
Sin embargo, la palabra feminista ha desarrollado una aversión generalmente distante de la esencia de la misma. Ejemplos sobran.
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, se ha convertido en unos de los acérrimos enemigos del feminismo y las feministas. Sus frases “You wouldn’t believe how badly the feminists treat me.” (No creerían lo mal que me tratan las feministas), “They’re just angry feminists who hate men.” (Son solo feministas enfadadas que odian a los hombres) y “These are people who are unhappy and have no real message” (Son personas infelices y sin un mensaje real), demuestran la visión personal retorcida del feminismo que tiene este mandatario.
Javier Milei, presidente de Argentina y aprendiz de Trump, ha expresado un rechazo explícito al feminismo, tanto en sus declaraciones públicas como por las políticas y posturas. En sus comentarios antifeministas asegura que el feminismo genera “una distorsión de la igualdad ante la ley”, “…es una derivación del marxismo cultural”, y que las políticas feministas generan “privilegios para ciertos grupos en lugar de igualdad”.
El presidente de Rusia, Bladimir Putin, a diferencia de los anteriores mandatarios mencionados, no se define abiertamente antifeminista, pero su comportamiento lo denota. Ha rechazado abiertamente la teoría de género, las políticas de igualdad estructural y el feminismo occidental. Defiende los roles de género tradicionales de la maternidad como eje central de la mujer y la autoridad patriarcal del Estado y la familia sobre las mujeres.
Andrew Tate, conocido misógino que promueve sus ideas primitivas y machistas en la “manosfera”, continua difundiendo mensajes en contra de la igualdad de género y los principios del feminismo, hasta llegar al punto que su contenido ha sido retirado de algunas plataformas por violaciones a las políticas de discurso de odio.
Pero los antifeministas no son solo hombres; a este grupo le añadimos a grandes líderesas somo la primera ministra de Italia Giorgia Meloni, que rechaza el feminismo moderno y defiende roles tradicionales, maternidad y familia. Afirma que “detesta las cuotas de género” y que las mujeres deben avanzar sin depender de mecanismos especiales, argumentando que las posiciones deben conseguirse por mérito, no por género.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, critica el feminismo radical y las políticas de género, defendiendo la igualdad ante la ley sin enfoque feminista. Frases como “La revolución feminista sustituyó al feminismo y orquestó un ataque al hombre, a la familia, a la madre y a la maternidad” y “No compro el discurso feminista de la izquierda que victimiza a la mujer por el hecho de serlo”, describen su hostilidad hacia este movimiento.
La francesa Marine Le Pen, figura central de la extrema derecha y expresidenta del partido Rassemblement National, se ha opuesto al feminismo contemporáneo y a la teoría de género. Comenta: “Je n’achète pas le discours féministe politisé de la gauch”. (No compro el discurso feminista politizado de la izquierda).
Hombres y mujeres, generalmente de extrema derecha, rechazan de forma categórica el feminismo radical…pero ¿qué es el feminismo radical? La Enciclopedia Británica lo define como una perspectiva dentro del feminismo que propone reorganizar radicalmente la sociedad, porque considera que el patriarcado —el sistema social en el que los hombres tienen poder y dominan sobre las mujeres— es la causa central de la opresión. Creen que la injusticia no se elimina solo con leyes, sino con cambios profundos en las estructuras sociales, culturales y económicas que sustentan la supremacía masculina.
Estoy de acuerdo en que el feminismo no solo debe buscar la igualdad legal, sino transformar el sistema que produce desigualdad desde la raíz. Sin embargo, no coincido en que el cambio se haga de forma radical y se subestime -o no considere- el impulso a reformas progresivas a corto plazo. Tampoco estoy de acuerdo en transitar de una sociedad patriarcal a matriarcal, ni que los misóginos sean suplantados por misándricas.
La mayoría de las feministas en el mundo no somos radicales. No pensamos como Sally Miller Gearhart catalogada como radical, que dijo que “La proporción de hombres debe reducirse y mantenerse en torno al 10% de la población humana”. Tampoco pensamos como Valerie Solanas, autora del Manifiesto SCUM, quien en forma satírica y provocadora comentó que los hombres son un accidente biológico, que han arruinado el mundo. No me identifico con el pensamiento de Solanas, tampoco con la de Santo Tomás de Aquino "En su naturaleza particular, la mujer es deficiente y mal engendrada, porque la virtud activa, que está en el semen del hombre, tiende a producir un ser perfecto similar a él, del sexo masculino". Mismo juicio y raciocino, pero en diferentes épocas.
Las frases de algunas mujeres como las citadas han sido redescubiertas por hombres como Trump, Milei, Putin y Tate, que le han vendido la idea al mundo de que todas las feministas somos iguales. Ellos -también en forma indirecta- han alimentado a grupos como los Incels, Masculinidad herida, Men's Rights Movement (MRM) y Radicalización digital, promotores de la violencia contra las mujeres. Y sí, acepto que algunas feministas han expresado en forma disruptiva y agresiva la forma en que debe cambiar la sociedad patriarcal, pero muchas otras -la mayoría- pensamos como Betty Friedan, que creemos en la reforma del sistema sin revolución, sino con cambios legales, laborales y educativos.
Judith Butler sostiene que cambiar lenguaje, normas y categorías sociales es clave para reducir desigualdades, más que una revolución económica clásica. Bell Hooks ha impulsado la transformación social inclusiva, no confrontativa. En general la mayoría de las feministas a nivel mundial queremos cambiar las estructuras de dominación sin convertir la lucha en una guerra de sexos.
Concluyo destacando el importante legado de las feministas radicales, que surgieron principalmente en la segunda ola (años 60-70), como Kate Millett, Shulamith Firestone, Andrea Dworkin, Catharine MacKinnon, Carol Hanisch, Germaine Greer y Mary Daly. Muchas de ellas fueron pioneras en estudios y programas sobre mujer y género, en la visibilización de la violencia; impulsaron la lucha por el control de la reproducción, desmantelaron la idea de que la inferioridad femenina era natural y crearon grupos de concienciación donde las mujeres compartían experiencias personales para entender la opresión. No puedo dejar de admirarlas, aún discrepando de su visión de cómo llegar a la igualdad. Gracias a la mayoría de ellas hemos avanzado, aunque sus posiciones, frases y acciones sean utilizadas hoy como contrarreacción al feminismo.





































