Alberto Cañas

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Sábado 23 Enero, 2010


CHISPORROTEOS


No solo en el curso de la actual campaña electoral, sino en todos los medios y casi que en todas las conversaciones, hay un tema que se nos está convirtiendo a los costarricenses en obsesivo y es la delincuencia.

Todo el mundo aspira a que alguien diga cómo atacar la delincuencia y a que los candidatos presidenciales digan también cómo se proponen atacarla y acabar con ella.

Si la delincuencia fuera como la drogadicción, el alcoholismo o cualquier otro vicio, producto de la conducta individual del ser humano, tal vez podría existir una respuesta rápida y contundente a la pregunta. Pero la delincuencia es un producto social, no individual.

La delincuencia que estamos padeciendo, principal y alarmantemente en los centros urbanos, es el resultado de un fenómeno social que, desgraciadamente, nuestros gobiernos de los últimos 20 años han propiciado, y es la progresiva ruina de las zonas rurales y la emigración de campesinos hacia las ciudades, donde no encuentran trabajo que estén capacitados para realizar, y que les permita criar debidamente a sus hijos.

Esto ha formado, por lo menos en la ciudad de San José, lo que llamamos un lumpen (del alemán lumpenproletariat), o sea una clase desubicada y hambreada, incapaz de salir adelante. Y es de ese lumpen de donde salen o surgen los delincuentes. Es cuestión de fijarse en que la delincuencia actual, que nos asusta y alarma, es de gente muy joven.

Ignoro si esa política de retorno a la tierra en que creemos algunos, y que es la que me ha llevado a apoyar durante ocho años la figura política de Ottón Solís, único de los líderes políticos actuales que la propugna, podría salvar (o sacar de la delincuencia) a esos neo-proletarios que la capital nunca había conocido y ahora conoce y sufre, pues las víctimas de un error social rara vez son rescatables, pero sí estoy seguro de que detendría el crecimiento de la delincuencia en el tanto en que consiga que el agro vuelva a ser, como hasta hace 20 años capaz de mantener y darle de comer a su gente.

Aquella famosa ridiculez de los neoliberales de misa y olla, de que era bueno importar arroz porque saldría más barato (claro, a los que quedaran con capacidad para comprarlo, entre los que no figurarían los que lo venían sembrando), nos ha salido cara (la ridiculez, no el arroz), en materia social.

Sé que estoy simplificando demasiado, pero sin equivocarme en el enfoque. No soy tan torpe ni tan ignorante como para pretender que allí está el único origen del problema, pues hay otros. Pero ése, por lo menos, es remediable, si nuestros políticos abandonaran la idea de que Costa Rica no es un país agrícola sino un país industrial y urbano (como Singapur, que no es ni siquiera un país)… y digo urbano aunque hayamos perdido toda clase de urbanidad.

He escrito lo anterior, no porque crea tener fórmulas para resolver graves problemas, sino para subrayar la superficialidad con que en algunos sectores políticos están enfocando problemas costarricenses que deben ser estudiados y no tomados para hacer demagogia electoral barata.

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