Alberto Cañas

Enviar
Miércoles 12 Marzo, 2008

Chisporroteos

Alberto Cañas

Hay ciudadanos de tal calibre, que su desaparición afecta y aflige no solo a quienes les rodean, sino a la Patria misma, que se ve disminuida con su muerte. Y aunque nunca son, ley de la naturaleza, muchos, en estos días que corren siento que están escasos… aunque tal vez ello se deba a que lo que he llamado la gradería de sol los ha expulsado de las posiciones visibles y de los sitios donde se toman las decisiones, a los cuales, en estos días, acceden con más facilidad los que tienen talento para hacer dinero.
Eugenio Rodríguez Vega era uno de ellos. Y su doble condición de intelectual y de servidor público lo define, pues en ambas capacidades se destacó entre los primeros, entre los más útiles, entre los más inteligentes y entre los más íntegros.
Algunas veces lo he citado entre los estudiantes de secundaria que ingresaron al Centro para el Estudio de los Problemas Nacionales a raíz de los sucesos del 15 de mayo de 1943, fecha en que los universitarios derrotamos un intento de fraude electoral legal patrocinado por los grupos gobernantes, y que luego (vergüenza de vergüenzas), la Universidad de Costa Rica ignoró y olvidó, cuando a cierta plaza de la ciudad universitaria Rodrigo Facio, la bautizó no con la fecha de la victoria estudiantil sino con la de una derrota estudiantil… en la que habían participado los comunistas, que en 1943 no respaldaron a los estudiantes.
¿Me explico?
Menciono esto porque hoy no puedo apartar el recuerdo de esos días, del entusiasmo con que liceístas y seminaristas llegaron al Centro en esos días. Pronto Eugenio Rodríguez Vega se destacó como uno de los más… (¿qué adjetivo encuentro?) de los más importantes.
Fue Eugenio uno de los muchachos a quienes Rodrigo Facio se acercó más y sobre los que más influencia supo ejercer. Su tesis de licenciatura en la Facultad de Derecho años después, fue publicada y ese libro:
Apuntes para una Sociología Costarricense,
constituyó una revelación de que el país acababa de hacerse de un investigador, de un analista y de un escritor de primera categoría. Fue el primero de los numerosos libros de lectura indispensable que escribió.
A lo largo de los años, su producción fue creciendo, y apenas si hay espacio aquí para citar algunos de sus libros más importantes:

Biografía de Costa Rica,

por ejemplo, se ha constituido en el texto básico de historia patria: sencillo, agudo, bien escrito, profundamente analítico y al mismo tiempo de agradable lectura. Su recopilación anecdótica
Los días de Don Ricardo,
otra obra indispensable, es el afán de recoger al Ricardo Jiménez cotidiano, ingenioso y contundente que ejerció una especie de dictadura intelectual sobre el país, siendo el más demócrata de los hombres y el más democrático de los gobernantes. La recopilación hecha por Eugenio Rodríguez Vega de escritos de don Ricardo para la Biblioteca Patria, es otro libro del que no se puede prescindir. Sus numerosos volúmenes de recuerdos y memorias, la sucinta biografía de Rodrigo Facio y la organización, edición y dirección de la monumental obra colectiva

Costa Rica en el Siglo XX,
son apenas una buena parte de lo mucho que como intelectual le debe el país, y que le fue reconocido con el merecidísimo Premio Magón en el 2005.
Y queda el otro, el excelente y firme Contralor General de la República, el rector de la UCR que renunció cuando la Universidad adoptó una ley orgánica populista y electorera que ha hecho casi imposible la continuidad de una obra similar a la que emprendió y consiguió Rodrigo Facio, el Ministro de Educación que trató de sacar al ministerio de las exclusivas preocupaciones pedagógicas en busca de una amplitud de miras que hacía años faltaba, y que se encontró en su escritorio un papelito que decía: “No se le olvide que aquí los que mandamos somos nosotros”… y puedo imaginar el brillo que habría dado al cargo si en 1990 hubiese sido electo Vicepresidente de la República con el candidato presidencial Carlos Manuel Castillo.
Me tocó el privilegio de compartir con él durante muchos años, mensualmente en la Academia Costarricense de la Lengua y semanalmente, en la UNED, como miembros que hemos sido del Consejo Directivo de su editorial y de la dirección de la Revista Nacional de Cultura. Y precisamente la UNED se preparaba en estos días para hacerle entrega de un merecidísimo doctorado honoris causa, que ahora será póstumo.
Hombre silencioso, cauteloso, amigo de meditar las cosas, de no precipitarse, desaparece en medio de la admiración y del silencio de un país que lo apreció, lo respetó, lo admiró y ahora, en palabras de John Donne, siente que las campanas están doblando por él y por todos.

[email protected]