Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 2 Junio, 2008

¿Casarse? ¿Para qué?

Claudia Barrionuevo

Todas las culturas del mundo tienen sus ceremonias. Algunas milenarias, otras recientemente adquiridas, muchas religiosas, todas sociales. Las que celebran cada una de las etapas de la vida están presentes en todos los rincones del mundo. Los nacimientos, la llegada a ciertas edades clave, las bodas y la muerte son momentos que provocan un encuentro familiar y social para demostrar solidaridad con el sentimiento de quienes pasan por esos momentos fundamentales.
En ciertas etapas de nuestras vidas algunas de estas celebraciones son más comunes. En nuestra adolescencia, por ejemplo, abundan las fiestas de quince años (nuevamente de moda) y a medida que nos vamos poniendo viejos, los funerales inundan nuestra agenda. En medio de estas dos actividades —una festiva y otra lamentable— asistimos a fiestas de cumpleaños y a despedidas de solteros/as, tes de canastilla y —previamente, aunque no siempre— bodas.
Todas estas ceremonias implican un atuendo, una actitud emocional, un lenguaje y un encuentro social. Me fascinan los atuendos, soy básicamente emocional y trabajo con las palabras. Y aunque la mayoría de las veces los encuentros sociales me producen ansiedad, las ceremonias me resultan irresistibles no como participante sino como observadora. Debe ser una desviación de mi oficio de directora de teatro y productora.
Las ceremonias, más allá de la necesidad cultural que las provocan, legitiman los vínculos de los individuos con la sociedad. Los bautizos —por ejemplo— representaron durante años la forma religiosa de celebrar un nacimiento y el mecanismo legal para registrarlo. Lo mismo ocurre con las bodas.
Joven alternativa en los años 90, me casé sin quererlo. No es que no estuviera enamorada, pero el hecho de firmar un papel para formalizar mi relación me resultaba innecesario. Aún hoy sigo pensando que uno se compromete —o no— independientemente de un papel firmado.
A pesar de no ser partidaria de las bodas creo que la legalización de una unión protege a los cónyuges y a los hijos en aspectos fundamentales.
Ahora está en el tapete de discusiones de la Asamblea Legislativa el proyecto de ley que permitirá —si se aprueba— que hombres y mujeres del mismo sexo puedan casarse.
He pensado en muchos amigos y conocidos homosexuales y traté de imaginar cuáles y por qué querrían casarse. Mucho más allá del romanticismo, las parejas podrán encontrar en el matrimonio una seguridad económica, médica y legal.
Me ha sorprendido la cantidad de figuras públicas —incluyendo a don Oscar Arias— que ha manifestado su apoyo al matrimonio entre homosexuales. Sé que a muchos de ellos los mueve el hecho de ser “políticamente correctos”. No importa. Pensar que en Costa Rica es “políticamente correcto” apoyar la unión legal de personas del mismo sexo me alegra. Me enorgullece. Solo en Holanda, Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Uruguay y en Massachussets y California en Estados Unidos las personas del mismo sexo pueden casarse.
Si establecer un vínculo legal les hace ilusión a los gays y lesbianas costarricenses les brindo mi apoyo incondicional. Se lo merecen.

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