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Nicaragua y Costa Rica deberían promover proyectos conjuntos que propicien una mayor integración para beneficio de ambos pueblos

Busquemos progreso, no conflictos

Actitudes irreflexivas del señor presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, de nuevo revuelven las aguas del río San Juan.
El conflicto en nuestra frontera norte suma más de siglo y medio. Ya en 1858 el Tratado Jerez-Cañas procuró una solución definitiva y desde entonces, distintos gobernantes de Nicaragua vienen alegando una supuesta violación de la soberanía de su país, lo cual ha sido refutado por los más autorizados órganos internacionales a lo largo de tan monótona historia.
Ahora Ortega vuelve a subir el tono y trata de impresionar a su pacífico vecino, haciendo un despliegue de tropas a lo largo del San Juan.
El Gobierno de Costa Rica, al igual que lo ha hecho a través de 150 años, declina recurrir a gestos hostiles y busca soluciones en el diálogo y el derecho internacional, en consecuencia con la idiosincrasia civilista de este país.
Hay quienes creen que los conflictos limítrofes constituyen una resobada estrategia de distracción de algunos mandatarios, para desviar la atención de problemas internos o incluso podría tratarse de una estrategia política para sostenerse en el poder.
Mientras tanto, ticos y nicas, especialmente los que habitan la zona fronteriza, pero también los que se encuentran al interior de cada país, viven las consecuencias de una crisis política que, calculada o no, sigue afectando la economía y desarrollo social y podría entorpecer valiosas oportunidades de desarrollo para ambas economías que facilitarían el crecimiento de la región.
Ninguno de los dos países saca un verdadero provecho a esta crisis; por el contrario, los perjudicados son el sector empresarial y obviamente el pueblo.
Nicaragua y Costa Rica son países hermanos, desde sus orígenes comparten historia, tradiciones, costumbres e idiosincrasia.
El nicaragüense en general ve esta crisis como un asunto entre gobiernos, e incluso algunos sandinistas no consideran provechoso un conflicto eterno en su frontera sur.
Los costarricenses queremos y respetamos al pueblo nicaragüense, reconocemos su aporte e importancia al desarrollo de nuestra economía.
Aquí, al sur del San Juan, preocupa que se perpetúe esta crisis que repercute en cada nicaragüense, en cada costarricense. En vez de esto los dos países deberían promover proyectos conjuntos que propicien una mayor integración para beneficio de ambos pueblos.
Estamos ante un conflicto unilateral, el señor Ortega es el único que decide cuándo le conviene tensar relaciones con Costa Rica, aunque este sentimiento —está claro— no es el mismo que embarga a los pueblos tico y nica.

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