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Miércoles 14 Septiembre, 2016

Qué difícil instar a las nuevas generaciones a mejores prácticas, a respeto, a verdad, al trabajo, a solidaridad, si estamos predicando con ejemplos que no coinciden con estas tesis

Ante ola de violencia, la familia debe fortalecerse

Rolando González Ulloa

Diputado del Partido Liberación Nacional

En los últimos días el país se ha visto sacudido por una oleada de violencia —no solo por el incremento cuantitativo— sino por las características de estas manifestaciones.

Hemos vivido una escalada que nos obliga a repensar la política antidelictiva, la política penitenciaria, y, especialmente, la política social de cara a reestablecer los valores en nuestra sociedad, a robustecer la prevalencia del criterio familia por encima de las distonías sociales que se van viviendo crecientemente.

Cuando nos detenemos a pensar en qué vive la niñez, qué vive la adolescencia y qué vive la juventud en la Costa Rica contemporánea nos encontramos, frecuentemente, clarísimas apologías del delito y de la pérdida de valores, desde la presencia inusitadamente abierta de narconovelas en los canales más prestigiosos, hasta el acceso libérrimo a la comunicación en redes sociales y en televisión abierta, sin protección alguna para las nuevas generaciones.

Estas circunstancias nos imponen un reto, nos exigen un alto en el camino y requieren del Gobierno de la República una revaloración de lo que se está haciendo en materia de políticas contra el delito.

Costa Rica por su ubicación se enfrenta a los efectos perniciosos de los cambios geopolíticos del narcotráfico en Suramérica. Cuando se da la paz en Colombia —que celebramos y aplaudimos—, también se da una flexibilización relativa de la producción de drogas a gran escala, de la movilización a los mercados internacionales y del trasiego de esa droga por Costa Rica.

Aquí, no solo hay peajes que se quedan en nuestro país, sino que hay un incremento de las redes de narcotráfico, que obligan, por una parte, a acciones coercitivas de investigación muchísimo más determinativas y resueltas.

Por otra parte esta amenaza creciente nos obliga a reconsiderar nuestro rol como mujeres y hombres que construimos una sociedad.

¿Qué está pasando en los hogares? ¿Qué ocurre en las escuelas? ¿Qué sucede con el Magisterio? ¿Qué pasa con los servidores de la espiritualidad indistintamente de la denominación? ¿Qué acontece con quienes arguyen carecer de creencias o de vivencias espirituales y que junto con todos nosotros también tienen la obligación de reformular el tejido de la sociedad costarricense?

Hay una frase que no por usada, deja de ser valedera. “Qué difícil es construir una sociedad mejor sin predicar con el ejemplo”. Qué difícil instar a las nuevas generaciones a mejores prácticas, a respeto, a verdad, al trabajo, a solidaridad, si estamos predicando con ejemplos que no coinciden con estas tesis.


Tenemos la palabra —las mujeres y los hombres— que lideramos Costa Rica.
Ante la amenaza de la violencia, el narcotráfico y los antivalores, quienes lideramos Costa Rica debemos dar la cara, proponer y avanzar en busca de rumbos más claros y resultados efectivos para reorientar el rumbo del país y efectivos para reorientar el rumbo del país y proteger nuestra sociedad.