Con Óscar Ramírez los seguidores del Alajuelense sufren. Es un técnico ganador que juega al filo de la navaja. Enamorado de los marcadores cerrados, se especializa en alcanzar sus cometidos cuando un partido es conveniente empatarlo o hasta perderlo por escasa diferencia.
Sacar un empate de la Cueva en el juego de ida de la final de la fase de clasificación, no era un mal negocio para el León. Y finalmente lo logró en un clásico atípico, porque Saprissa debió terminar el primer tiempo con un resultado a su favor y salió cayendo 2-1.
Joseph Mora, Gerson Torres, Kenay Myrie y Warren Madrigal se instalaron cara a cara con el portero Washington Ortega y en lugar de fusilarlo, le enviaron cuatro ramos de flores.
De nuevo el Monstruo tuvo que aferrarse a su arma letal, el tiro de esquina para abrir la cuenta. Los fanáticos morados lo celebran; a los otros espectadores hasta les aburre observar la facilidad con la que el Saprissa anota y anota goles por la misma ruta.
La Liga no se atrincheró a sostener el 0-0, pero su prioridad fue defender y no atacar y se combinó la falta de pólvora de los morados, con las agallas de una retaguardia liderada por Alexis Gamboa y con Guillermo Villalobos de escudero, que resistió el empate hasta el tiempo de descuento. El tiro de esquina de Mariano y el “jupazo” de Sinclair rompió el encanto.
El cierre de la etapa fue inesperado. Vladimir Quesada tomaba agua plácidamente, hasta que Kenyel Michel lo sacudió con el golazo del empate y un yerro de Esteban Alvarado ante el remate de Bran, puso al León por delante.
Lo que pudo ser mínimo un 2-0 en favor del Saprissa, se convirtió en un 1-2 en favor de la Liga.
Jugando de visita, con el marcador a su favor, Ramírez coordinó el muro de resistencia, otra de sus virtudes y al Saprissa se le dificultaron las conexiones ofensivas. Pero, los espectadores quedaron notificados de que no era noche de porteros, cuando Washington Ortega imitó la “torta” de su colega Alvarado y le regaló al Saprissa el empate 2-2, errando al tratar de despejar el remate picante de Fidel Escobar.
Se ordenaron las variantes de rigor, el 2-2 se hizo gigante, pero en el último suspiro, un achique providencial de Esteban, le negó el gol del triunfo a Anthony Hernández, en una acción que le dio vida al Monstruo para el juego de vuelta.
Visitar La Catedral con un 2-3 en contra, tenía para los morados, olor a cala.





































