En banca, cada precio es una hipótesis sobre el futuro.
Cuando un banco fija una tasa está afirmando algo verificable: que ese nivel cubre el costo de fondear la operación, el costo de originarla y administrarla, las pérdidas que espera de ella y el retorno que exige el capital que inmoviliza.
Si la afirmación era correcta se sabrá años después, cuando ya nadie recuerde quién la formuló ni con qué supuestos.
La organización, sin embargo, rara vez discute la tasa como una hipótesis. La discute como una posición negociadora: un número que se defiende, se cede o se ajusta según la reacción del cliente y la oferta del competidor.
Ahí ocurre el desplazamiento. El precio deja de ser la expresión del riesgo asumido y se convierte en el instrumento para cerrar la operación.
La pregunta relevante no es si la tasa es competitiva. Es qué está afirmando el banco sobre el riesgo cada vez que la fija, y si alguien pudiera reconstruir esa afirmación.
El precio que se descubre mirando hacia afuera
El supuesto dominante del sector es que el precio se descubre mirando hacia afuera.
La tasa se compara con la del competidor, se contrasta con la referencia de mercado, se ajusta a lo que el cliente está dispuesto a aceptar. La conversación de pricing se organiza alrededor de una sola pregunta: ¿estamos dentro de mercado?
Esa pregunta es legítima como restricción. Es peligrosa como criterio.
Cuando el precio se fija por referencia externa, el banco está delegando en terceros una decisión que depende de su propia estructura: su costo de fondeo, su eficiencia operativa, su calidad de originación, su consumo de capital.
Dos instituciones pueden ofrecer la misma tasa y estar tomando decisiones económicas opuestas, porque debajo del mismo número hay estructuras de costo distintas.
El competidor que fija la referencia puede tener un fondeo más barato, una base de costos más liviana, un modelo de capital distinto, o simplemente estar equivocándose.
Igualar su precio sin conocer su estructura no es competir: es asumir que el otro hizo el análisis.
El lenguaje delata el problema. En la mayoría de los comités la tasa se enuncia como un número único -«la operación va al 9,5%»- y no como el resultado de una construcción. Un número único no se puede auditar. Solo se puede aceptar o rechazar.
Los cuatro componentes que casi nunca se enuncian
Un precio bancario tiene cuatro componentes, y cada uno responde a una pregunta distinta.
- El costo de transferencia de fondos, que traslada a la operación el costo real de fondear ese plazo y esa moneda.
- El costo operativo de originarla y administrarla.
- La pérdida esperada, que no es contingencia sino costo estadístico conocido de antemano.
- Y el costo del capital inmovilizado: el retorno que el accionista exige sobre el capital que esa operación consume y que, por definición, no puede destinarse a otra.
Cuando alguno queda implícito, no desaparece: lo paga alguien más dentro del mismo balance.
El componente más frágil es el de capital, y no por falta de metodología. Al cerrar las reformas poscrisis en 2017, el Comité de Basilea reconoció un grado preocupante de variabilidad en el cálculo de los activos ponderados por riesgo entre bancos, y por eso introdujo un piso a los modelos internos. Si el consumo de capital de una misma exposición admite esa dispersión, el componente que debería ser el más objetivo del precio es, en la práctica, el más discutible.
Kaplan y Mikes advirtieron en 2012 que la gestión de riesgos se trata con demasiada frecuencia como un asunto de cumplimiento resuelto con reglas, cuando los riesgos que se asumen voluntariamente para generar retorno exigen discusión abierta y explícita. El pricing es ese tipo de riesgo. Se sigue gobernando con tablas.¹
Lo que cuesta no descomponer el precio
El costo aparece antes de la mora, y aparece en dos formas:
- Como el subsidio cruzado invisible. Cuando el precio no descompone sus componentes, las operaciones que rinden por encima de su costo de capital financian a las que rinden por debajo, sin que ningún comité lo haya decidido. La cartera se vuelve un promedio que oculta su propia composición, y el promedio siempre parece razonable.
- Como una destrucción de valor para el accionista. El Banco Central Europeo estimó el costo del capital accionario de los bancos del área del euro y documentó que, desde la crisis financiera de 2007-08, la rentabilidad obtenida por los accionistas (ROE) se ha mantenido persistentemente por debajo del retorno que los inversionistas exigen para financiar el patrimonio bancario. Además, encontró que esa brecha tiende a ser mayor en entidades más riesgosas, menos eficientes y con estructuras de fondeo menos estables.²
El dato no describe operaciones aisladas mal tarifadas. Describe una industria que durante más de una década operó con un retorno inferior al que su propio capital exigía. Eso no ocurre por una decisión equivocada: ocurre porque el umbral nunca fue una restricción operativa.
De ahí la frontera.
No debe fijarse un precio cuyos cuatro componentes no puedan enunciarse por separado, ni aprobarse una operación cuya única justificación de tasa sea la referencia del competidor.
Y ninguna excepción de pricing debería concederse sin registrar quién la autorizó, cuánto retorno resigna y contra qué umbral se está incumpliendo.
Un descuento que no se mide contra el costo de capital no es una concesión comercial. Es una transferencia de valor del accionista al cliente que nadie aprobó como tal.
El umbral que aprueba la junta
El banco que entiende el negocio de otra manera lleva el pricing al nivel que le corresponde: gobierno corporativo.
- Eso significa que la junta no aprueba tarifarios. Aprueba el umbral: el retorno mínimo sobre capital ajustado por riesgo que exige para comprometer su balance, revisado con la periodicidad del apetito. El tarifario es consecuencia, no insumo.
- La métrica del comité tampoco es la tasa promedio. Son dos: la proporción de la originación del trimestre cuyo retorno ajustado por riesgo supera el umbral, y su dispersión dentro de cada línea. Dispersión amplia con promedio aceptable significa tarifar por costumbre y compensar con suerte.
El trade-off es inmediato. Un umbral explícito hace perder operaciones frente a quienes tarifan por debajo, y algunas les saldrán bien. La red lo leerá como pérdida de competitividad, y en el saldo tendrá razón.
La señal de ajuste llega antes que la mora. Cuando esa proporción cae dos o tres trimestres seguidos sin que haya mejorado el fondeo ni el riesgo admitido, el banco no se volvió competitivo: dejó de cobrar por lo que asume.
Porque un banco no quiebra por cobrar poco una vez. Quiebra por cobrar poco durante años sin saberlo. Y un sistema no se fragiliza porque un banco cobre poco: se fragiliza cuando cobrar poco deja de ser excepción y se vuelve la referencia que todos usan para fijar su precio.
¹ Kaplan, R. S., & Mikes, A. (2012). Managing risks: A new framework. Harvard Business Review, 90(6), 48-60.
² Altavilla, C., Bochmann, P., De Ryck, J., Dumitru, A.-M., Grodzicki, M., Kick, H., Melo Fernandes, C., Mosthaf, J., O'Donnell, C., & Palligkinis, S. (2021). Measuring the cost of equity of euro area banks (ECB Occasional Paper No. 254). European Central Bank. https://doi.org/10.2866/965881





































