Y mientras tanto, el pueblo mira…
Hace muchos años, en un pequeño reino, los guardianes del castillo comenzaron a discutir. No era por oro ni tierras, sino por algo mucho más valios...
Hace muchos años, en un pequeño reino, los guardianes del castillo comenzaron a discutir. No era por oro ni tierras, sino por algo mucho más valioso: el rumbo del reino.
El rey decía que los otros guardianes no lo dejaban actuar, que había demasiadas trabas y que era hora de romper con lo que siempre se había hecho. Los del consejo aseguraban que sin reglas claras, el reino podía perder su equilibrio. Y los jueces, preocupados, pedían calma para no alterar los cimientos que lo sostenían. Todos querían lo mejor para el reino, pero cada uno lo veía desde una torre diferente. Y mientras tanto… el pueblo miraba.
Algo parecido está pasando hoy en Costa Rica. Se siente en las noticias, en las redes, en las conversaciones de bus o en la fila del banco. Hay tensión entre quienes tienen la responsabilidad de dirigir el país, y esa tensión —aunque no lo parezca— también nos afecta a todos.
Pero este no es un llamado al miedo. Al contrario: es una invitación a pensar diferente.
La democracia no es solo votar cada cuatro años. Es también el arte de escucharnos, de entender que nadie tiene todas las respuestas, y que los desacuerdos —bien llevados— pueden generar grandes avances. Lo que no funciona es cuando las diferencias se convierten en trincheras, y se pierde de vista que, al final del día, todos estamos aquí para que el país avance, para que las cosas mejoren para quienes trabajan, estudian, emprenden y sueñan.
El país necesita puentes, no más muros. Y esos puentes los podemos construir todos: con respeto, con participación, y con una mirada crítica pero constructiva. Porque al final, la democracia no es un edificio en San José: somos nosotros. Y si queremos cuidar lo que tanto ha costado construir, necesitamos que las decisiones se tomen pensando en el bien común, sin etiquetas ni bandos, sino con claridad, empatía y responsabilidad.
¿Será que llegó el momento de que la ciudadanía recupere el centro de la conversación? ¿De que pasemos de ser espectadores a protagonistas? Tal vez sí. Tal vez este momento histórico nos está invitando a participar, a proponer, a vigilar y a tender la mano.
Porque cuando los que están en las torres discuten, es bueno recordar que el verdadero poder del reino siempre ha estado en su gente.