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Las diferencias entre China y Estados Unidos son proporcionales a lo que pone en juego cada una de estas dos potencias o a sus diferencias ancestrales en cultura, política y economía

Washington y Pekín se acercan

Esta semana el presidente de China, Hu Jintao, hizo su segunda visita oficial a Estados Unidos; en abril de 2006 había efectuado la primera durante la administración de George W. Bush.
Sin embargo, las actuales circunstancias en estos dos países, la primera y segunda potencias del mundo, hacen que este constituya un viaje histórico.
En el año 2000, el intercambio comercial entre Pekín y Washington ascendió a $74.470 millones; el año pasado fue de aproximadamente $380 mil millones. La interdependencia económica entre ambos colosos ha llegado al punto de constituir dos fuerzas fundamentales para el resto de la economía mundial que, siendo en apariencia opuestas, se complementan entre sí.
Así las cosas, es de esperar que estemos presenciando el comienzo de un plan que busca redefinir la relación entre estas dos naciones.
Asuntos tan relevantes como el cambio climático, la crisis financiera, el conflicto entre Coreas, la cuestión de Irán, derechos humanos y tratados comerciales fueron algunos de los muchos tópicos en un extenso piélago de temas que requieren atención urgente.
No podían faltar puntos antagónicos como la infravaloración del yuan o el controversial plan de estímulo monetario de la Reserva Federal, que algunos consideran una devaluación velada.
Aunque los retos son muchos y muy grandes, ya en el siglo VI antes de Cristo, precisamente Confucio sentenciaba que “quien quiera escalar una montaña empieza por abajo”.
Dada la trascendencia del acontecimiento, ambas partes deberían perseverar en los compromisos y acuerdos a los que llegaron y mantener esa actitud razonable que han mostrado al inicio de este siglo para tratar los diversos asuntos de interés global.
Sería bueno que los intereses comunes entre China y Estados Unidos al final superen las diferencias que surgen inevitablemente en toda relación bilateral y que, en este caso, son directamente proporcionales a las dimensiones de lo que pone en juego cada una de estas dos potencias o a sus diferencias ancestrales en cultura, política y economía.
El poder de influencia que suman estos dos líderes de la geografía mundial es tan amplio, que cualquier compromiso entre ellos necesariamente repercutirá en las demás economías. Por ello esperemos que tales acuerdos sean buenas nuevas tanto para ambas naciones como para el resto del mundo.



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