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Sábado 13 Abril, 2013

El único cuidado que hay que tener con el experimento de un día sin quejas: se puede extender por más días y tal vez sin darse cuenta, se encuentre usted un día contagiando a los demás


Un día sin quejas


En las últimas semanas de marzo las altas temperaturas fueron acompañantes frecuentes en los días y las noches en la mayor parte del país. De la mano del calor también era habitual escuchar de mucha gente las quejas diarias y constantes por el clima.
Cuando hace frío, también es normal que el tema de conversación más sencillo cuando comenzamos a hablar con alguien sea una queja, también cuando hay lluvia y cuando hay viento.


Es entonces que concluyo que el problema en Costa Rica no es el clima, el que por cierto es muy noble y estable en comparación con países del norte o del sur donde las estaciones son más marcadas y las condiciones son más difíciles.
El diccionario debería definir una queja como un mecanismo para cubrir nuestra falta de voluntad para el cambio, y que fundamentamos en una falsa criticidad que nos aleja del problema, haciéndolo asunto de otros.
El otro día en un viaje en taxi a San José centro hice el ejercicio de contar cuántas veces se quejaba el taxista en un periodo de 30 minutos y conté seis veces en total. Haciendo un ejercicio matemático, si esa es su rutina habitual podríamos suponer que cada cinco minutos se queja de algo, por lo que en ocho horas de jornada sumaría un total de 96 quejas diarias.
Por supuesto que el taxista nunca se quejó de sí mismo, de que no llevaba puesto el cinturón y contestó una llamada sin manos libres. Porque la esencia de la queja es ubicarnos como un agente externo de un problema cuya solución no recae en nuestras manos.
Piense usted mismo, cuántas veces se queja al día: del clima, del tráfico, del gobierno, de su jefe, de su esposo, de sus hijos, del país, de que ya terminaron las vacaciones, de las concesiones de carreteras, de que está muy gordo, o del precio del combustible.
No estoy a favor del conformismo pero sí de salir de las zonas de confort. En este mes que inicia le invito a hacer un ejercicio: pase un día completo sin quejarse y cambie esas quejas por acciones que le ayuden a solucionar lo que le incomoda. Un día nada más.
Le recomiendo, por experiencia propia, que dejar las quejas y hacer algo bueno por usted o por los demás le puede ayudar a reconciliarse con el mundo, que todos los días nos da razones para hablar mal de él, pero también nos da muchas oportunidades para actuar.
Inténtelo desde que se levanta en la mañana, hasta que caiga la noche, hasta cuando esté viendo las noticias y leyendo el periódico. Desde esa trinchera, va a ver cómo los demás parecen demasiado quejosos.
Traer a la conciencia las quejas cotidianas y convertirlas en trabajo, es lo que han hecho aquellos quienes han conquistado grandes logros sociales y personales. Ninguna de las luchas populares se ha realizado desde una silla esperando a que cambien las circunstancias, con una queja como única herramienta.
El único cuidado que hay que tener con el experimento de un día sin quejas: se puede extender por más días y tal vez sin darse cuenta, se encuentre usted un día contagiando a los demás.

Shirley Malespín