Un atento caballero

Aquella mañana Santiago amaneció de luto, en los titulares de los principales diarios se leía una sola noticia. En la calle, una muchacha me notó un acento extraño y preguntó mi procedencia, la sonrisa se le borró de la cara tras la respuesta y dijo: “ahí es donde matan chilenos”.
Era yo un emigrante más, con una firma en mi visa de un atento caballero que me extendió la mano y me deseó buena suerte y que a los pocos días de mi partida fue asesinado por otro costarricense como yo.
Me sentí —disculparán la analogía— como se puede sentir un nicaragüense en Costa Rica. Me creía señalado, cuestionado y hasta odiado, con una culpa ajena a cuestas.
No faltaron los comentarios y las preguntas durante toda esa semana, tal parecía que creían que yo había estado presente durante los hechos. “¿Te enteraste?”, decían los primeros correos electrónicos que recibí de mi familia, ¿cómo no?, de nada más se hablaba en esos días.
Pero no duró la tragedia. El episodio de la embajada fue olvidado tras la primera gran noticia violenta que le siguió. Ya podía decir mi nacionalidad sin temor a malas caras o a ser discriminado.
Es cosa pasada, de hace ocho años. Quizá aparezca alguna reseña en las noticias, pero nada más. Y sin embargo, en mi memoria permanece la imagen de Cristián Yuseff levantándose de su escritorio para despedirse, en mi pasaporte quedó su firma como un fiel recordatorio: todos somos vulnerables, posibles víctimas de agresión u agresores, todo depende del escenario.

Rafael León Hernández
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