Cuesta mucho construir un equipo, manifiesta Óscar Ramírez, técnico del Alajuelense tricampeón centroamericano.
Es una de sus frases favoritas en las conferencias, al término de los partidos y no la usa como excusa cuando al equipo no le fue bien en la confrontación.
Ese Alajuelense, monarca del área, finalista del Apertura, con sólo 10 goles en contra en 17 partidos, fue construido por el estratega manudo a partir del primer entrenamiento, que dirigió la última semana de abril. Fue el viernes santo, el 25 de abril, que se anunció el regreso del “Macho” a la institución, después de largos 10 años de ausencia.
Dijo que lo habían seducido la camada de jóvenes talentos que jugaban en las divisiones menores del León, muchos campeones nacionales en varias categorías.
Pulirlos, formarlos, orientarlos, era un desafío que el técnico de la Selección Nacional en el Mundial Rusia 2018, quería afrontar. Compartiría el trabajo con los jóvenes, con la construcción del equipo mayor. El éxito del estudioso y meticuloso entrenador, salta a la vista. Reconocimiento también a sus asesores más cercanos: Wardy Alfaro y Marcelo Sarvas.
Observamos el comportamiento del técnico del Alajuelense en el banquillo. Serio, sereno, concentrado, analiza apuntes con Wardy, pregunta algo a Marcelo. Cero signos externos excepto con la tripleta de detalles que lo sacan de balance.
Primero: desconcentraciones defensivas
Segundo: ansiedades ofensivas.
Tercero: acciones arteras contra jugadores técnicos, creativos, desafiantes, que buscan el uno a uno.
Uno: se molestó y gesticuló mucho, cuando la retaguardia de la Liga dejó un cráter que aprovechó el capitán del Xelajú, Jorge Aparicio en la ida, para transitar vía libre y gestar la acción del penal que dio el empate a los chapines.
Dos: usualmente se le ve, moviendo sus brazos, pidiendo paciencia, tranquilidad, serenidad a sus jugadores, que se precipitan ansiosos al ataque y desperdician oportunidades de gol, que podrían llegar con mayor concentración.
Tres: montó en cólera, reclamos, reproche, botó su gorra, la pateó, rompió el zacate, con la artera agresión de Diego Mesén en marca a Anthony Hernández. Nunca en este campeonato lo habíamos visto tan “cabreado”.
Cerramos con una interrogante: ¿es el “Machillo” agüizotero? No se ha cambiado un desteñido pantalón verde, digno de lavandería, desde hace decenas de partidos.
¿Se pondrá otro después de una derrota?





































