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Sábado 26 Abril, 2014

Necesitamos sentirnos humanos y para eso hace falta que los administradores del zoológico se pongan a trabajar, lento pero seguro, y así evitar que nos ataquemos entre nosotros


¿Somos bestias?

Oféndase quien quiera ofenderse, pero lo somos. Ya nos lo advertían en la escuela; pertenecemos al reino animal, el uso de la razón nos diferencia del resto, por lo tanto, entre menos razonamos…
Por allí encontrará vehículos con una calcomanía que dice “yo freno por los animales”. En nuestra mente se dibujan dos imágenes: la del perrito que mal cruza la calle, y la del conductor que adelanta a gran velocidad para terminar irrespetando la luz roja del semáforo. Ante ambos, expresamos lo mismo: “vea a ese animal”.
Algunos argumentarán que la culpa está en el desastroso estado de nuestras vías, y tienen razón; ahuecadas, atestadas, colapsadas, no demarcadas, ni bien planificadas. Salir a la calle es como ir a un campo de batalla, peleamos por un espacio, por llegar a tiempo, para que nos dejen tomar una salida. Al final de cuentas, esa es la naturaleza humana: competimos cuando los recursos son escasos, y eso, a la vez, nos hace bestias.
Si aún no lo convenzo, le pido hacer memoria; de aquellos días en que se anunciaba la salida de unas pocas líneas celulares, de las listas de espera y las filas interminables donde el que se quería colar recibía amenazas de muerte, como si se tratara de las últimas gotas de agua disponibles. Ahora que se pueden comprar líneas en cada esquina, no hay necesidad (real o inventada) de tanta violencia, ni derroches de insensatez ilimitada, al menos no en ese tema.
Hoy tenemos los viernes negros, la escasez de empleos y vivienda, y aunque parezca absurdo, de privilegios. Siempre que sintamos esa necesidad instintiva de competir contra los otros, estaremos más cerca de las bestias que de una humanidad razonablemente auténtica. Hasta las casas pegadas una con otra nos hacen hervir la sangre por falta de espacio.
La competencia nos embrutece. No podemos meter a todos en el mismo saco, todavía hay gente que no se doblega ante una oferta de temporada, que no dirige su furia contra cualquier vehículo o peatón que se cruza en su camino, que no se comporta como animal, aunque nos traten como tales.
Pero hay una gran masa, quizá cansada de luchar contra corriente, de enjaularse en su propia casa, de toparse siempre con los mismos muros sociales, que ha cedido espacio a la bestia interna, que la anda a flor de piel, lista para la defensa o el ataque.
Ocupamos urgentemente sentirnos otra vez humanos y para eso hace falta que los administradores del zoológico se pongan a trabajar, a paso lento pero seguro, y así evitar que nos ataquemos entre nosotros.
Deben procurar que tengamos al alcance de la mano lo que toda bestia humana necesita: sus necesidades básicas satisfechas, seguridad (en los trabajos, en la calle, en las casas), infraestructura suficiente y accesible (calles, vivienda, transporte, centros de salud y educación), sentirnos parte de esta patria y no fieras por ser domesticadas y, lo más importante, tratarnos unos a otros como si fuéramos humanos.
Tal vez, si practicamos mucho, terminemos por creerlo.

Rafael León Hernández
Psicólogo