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¿Somos equipo?


¡Qué satisfacción más grande ser, en verdad, un equipo! ¡Qué frustrante es decir que lo somos y no creerlo ni nosotros mismos! La verdad se puede esconder hacia fuera, pero no hacia adentro. Hay por lo menos tres niveles de aproximación para determinar qué tan equipo somos; les llamaremos: el “acerca de…”, el “debería” y el “ser”.
Cuando un conjunto de personas que comparten un objetivo o una tarea conversan acerca de la importancia de ser equipo, hacen teorías, leen y dominan conceptos al respecto, pero no viven esos principios, entonces caen en el nivel 1: “acerca de”. Son buenos intelectualizando, pero no tanto metiéndose de lleno a construir un equipo en el que se aplique lo que hablan, como si ellos no fueran parte del mismo.
En el fondo estas personas saben mucho sobre equipos, pero no lo experimentan y sienten frustración por la separación entre la teoría y la práctica. Son como aviones que vuelan cerca del aeropuerto y no logran aterrizar, por lo que caen en el peligro de agotar su combustible y complicar su propia supervivencia.
El nivel 2 lo integran grupos que no alcanzan la categoría de equipo porque se comportan según lo que otros, ajenos a ellos, les demandan. Son como un joven cuyas conductas son solamente respuestas obedientes y automáticas a lo que dicen sus maestros en la escuela, sus padres en el hogar o sus amigos mayores en el barrio. Grupos o personas así se vuelven reactivas y tratan de desempeñarse conforme otros esperan que “deberían” hacerlo, sin conductas auténticamente propias.
Los grupos del nivel “debería” tratan de complacer expectativas, códigos y recetas sobre el ideal de un equipo, pero que no son derivadas de la propia convicción de sus miembros, por eso carecen de identidad autónoma. Además, se desgastan analizando “cómo deberían ser”, pero no pasan de allí. Elaboran normas prescriptivas, tienen un claro modelo de su visión de futuro pero divorcian su idealismo de sus experiencias concretas.
En el nivel 3 se encuentran los equipos que no se entretienen en discusiones “acerca de”, ni intelectualizan cómo deberían funcionar. Estos se dedican a “ser” un verdadero equipo; su tema central son ellos mismos como una realidad viviente, con conductas propias y relaciones concretas que mejorar para crecer como equipo y elevar la calidad de sus resultados.
Los equipos que sí lo son, no hablan de la importancia del respeto, sino que todos sus miembros lo convierten en una forma de vida. La exigencia de “ser equipo” es tan alta que no se tolera el doble discurso entre la teoría y la práctica, entre normas y conductas visibles.
¿En cuál de los tres niveles está su equipo? ¿Lo “es” en verdad? ¿O apenas está en la fase de conversar “acerca de serlo” o sobre “cómo debería funcionar”?


German Retana
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