Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 23 Abril, 2008

Si supiera Gabriel…

Hablando Claro
Vilma Ibarra

Siempre he pensado que el genio prolijo de García Márquez hubiera encontrado muchas más fuentes de inspiración si se hubiera decidido a pasar unos meses aquí entre nosotros; lo cual confirmé hace unas semanas porque gracias al bochorno y la humillación que pasó por un par de horas un buen amigo, la historia que les voy a contar no es fruto de la imaginación sino del más acabado realismo capitalino…
Mi amigo salió de las oficinas de Tributación (cerca de la iglesia El Carmen) y se dirigió a un conocido restaurante a comprar su ensalada preferida. Eran las 11.30 a.m. (martes 25) por lo que habiendo terminado su reunión, planeaba irse para la oficina a almorzar y seguir la jornada.
Estaba apenas pagando cuando dos oficiales de la Policía Municipal lo abordaron y uno de ellos de mala manera le indicó que debía acompañarlos hasta la comandancia para que “declarara” ya que había sido acusado de haber entregado un billete falso de ¢10 mil como parte de un pago total de ¢30 mil de un supuesto trabajo encargado a quien lo había denunciado.
Mi amigo no podía dar crédito a lo que escuchaba, menos aún cuando volvió a ver que el demandante era un pobre pordiosero, sucio, maloliente, desgreñado, con notorias evidencias de haber perdido la dentadura mucho tiempo atrás.
Pero he ahí que mi amigo con absoluto apego a la autoridad, rojo de vergüenza y blanco de estupefacción, decidió acompañar a policías y pordiosero para no provocar un escándalo, máxime cuando la voz altisonante de uno de los representantes de “la ley y el orden” motivó a un empleado del restaurante a pedir un poco de silencio, ante lo cual resultó amenazado “con cerrarle el local”.
Aunque usted no lo crea mi amigo fue trasladado en la patrulla hasta las instalaciones de la sede municipal en Barrio Luján, aunque debo señalar que en el trayecto pasaron por la Rotonda de las Garantías Sociales, donde los acuciosos policías llamaron de inmediato a la central para reportar que se necesitaban refuerzos porque había “vacas sin protección policial en Garantías Sociales” lo cual resultaba altamente preocupante porque ellos mismos ya habían tenido que abandonar sus puestos de cuido de los coloridos semovientes en el centro de San José, precisamente para hacerse cargo de la denuncia en cuestión.
Llegaron a la comandancia y el único policía que siempre habló se dedicó a pontificar sobre su imposibilidad de juzgar aquel hecho mientras que el “denunciante” explicaba con lujo de detalles —todos ellos evidentemente inventados— cómo y en qué condiciones se había producido el supuesto pago del billete falso.
Así que tras más de una hora de hilaridad, congoja y estoicismo para mi amigo, parece que por fin el policía malencarado se fue enterando que la denuncia no tenía ni pies ni cabeza y entonces se le ocurrió que lo mejor era que “arreglara” con el mentiroso ofendido, ante lo cual, desesperado por salir de aquel lugar, mi amigo le entregó ¢2 mil y el hombre salió muy campante.
Lo bueno de todo este desaguisado es que el representante municipal concluyó que mi amigo “era todo un caballero” y para paliarle el mal rato lo trasladaron nuevamente en patrulla hasta el lugar donde había sido detenido para que tomara su carro y se fuera finalmente, para su trabajo.
Y todo esto sería muy gracioso si no fuera porque sucedió en verdad y prueba de manera contundente cuál es la preparación de nuestras fuerzas policiales municipales.