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“Salt”: mucha Angelina y demasiadas trampas

El juego de apariencias que Phillip Noyce ha servido en bandeja de plata a Angelina Jolie en “Salt” sirve tanto para el lucimiento físico e interpretativo de la actriz como para las trampas impunes de cara al espectador, que pierde la motivación al enésimo giro argumental gratuito.
Muchas películas cierran su sinopsis diciendo orgullosas aquello de “pero nada es lo que parece”, y “Salt” es una de ellas. Sin embargo, a veces, literalmente, “nada” sí es lo que parece. Es decir: nada.
Este filme, sobre la escapada de la agente de la CIA Evelyn Salt por demostrar que no es una espía rusa, despliega una notable pericia para conducir al público por su tobogán argumental, pero desemboca en un vacío demasiado escandaloso.
Phillip Noyce, el hombre que se mueve entre la corrección de cintas de suspense sostenido como “Death Calm” y lo notable de “The Quiet American”, quería haber dedicado “Salt” a Tom Cruise.
Tenía para él preparada una trama que desempolvaba el espionaje de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia que, al fin y al cabo, es el que sirvió de base a las obras maestras del género allá por los 70 y un elemento de “falso culpable” a lo Hitchcock con un plus de persecución a lo “The fugitive”.
Con la negativa de la estrella ya en decadencia, el reciclaje se hizo en femenino y Angelina Jolie, la única mujer en Hollywood que parece estar para estos trotes, aprovecha la oportunidad y luce estupenda de rubia, de morena, vestida de hombre, hablando en inglés o en ruso, como mujer sufridora o luchadora implacable.
Siempre a punto, Jolie sortea el hecho de que una mujer como ella lo tiene complicado para pasar desapercibida y contagia la adrenalina con ese morbo de que no uno, sino dos presidentes el ruso y el estadounidense, corran peligro de muerte.
Noyce, todo un profesional, adorna con buena planificación, estupenda fotografía, localizaciones elegantes y música que subraya en su justa medida.
Pero cuando empieza a mover los espejos y a desdoblar las identidades de todos y cada uno de los personajes entre ellos los interpretados por Liev Schreiber y Chiwetel Ejiofor, no consigue sino el descrédito de todo lo que había tejido con mimo en los minutos anteriores.
Y es que no hay nada peor para un thriller que el hecho de que sus sorpresas saturen al espectador hasta convertirse en rutina y en “Salt”, cuando el tirabuzón final se ejecuta para forzar sin disimulo la potencial secuela, más que un grito de asombro, lo que pasa por la cabeza del espectador es un “¡venga, hombre!”.

Redacción Internacional / EFE
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