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Nos guste o no, la figura del presidente es un símbolo patrio

Vladimir de la Cruz [email protected] | Miércoles 31 octubre, 2018


Nos guste o no, la figura del presidente es un símbolo patrio

A todas las personas que han ocupado el cargo de presidente de la República se les debe llamar “Presidente”, aun si están con vida, y no están en ejercicio de la Presidencia, en el trato cotidiano y respetuoso que hacia ellos debe mantenerse. Esto es lo que se estila y se sigue en la vida protocolaria pública, sentada en tradiciones de civilismo y republicanismo, en los países que han estimulado esta cultura ciudadana, esta práctica política cívica.

El mal llamado Salón de Ex Jefes de Estado y Expresidentes de la República, que está en la Asamblea Legislativa, debe llamarse correctamente Salón de Jefes de Estado y Presidentes de la República, que es lo que han sido los que allí figuran en determinados años de nuestra historia patria.

El puesto de presidente es el más alto cargo que se puede ostentar desde el punto de vista político nacional, es un honor para quien lo tiene y es enorme la responsabilidad de ejercerlo. En él se representa toda la ciudadanía, todo el pueblo electoral, una vez que asume el cargo de presidente, en tanto representa a toda la nación costarricense, no así los diputados que representan a sus propios electores, de sus respectivos partidos políticos nacionales o provinciales.

El presidente, en su investidura, nos recuerda cotidianamente la independencia de la nación costarricense, la soberanía popular que en su figura se encarna, como receptor y representante supremo de la voluntad del pueblo, en el Poder Ejecutivo, y representa igualmente el conjunto de instituciones y empresas públicas de todo el engranaje estatal y de la administración pública costarricense.

El presidente de la República, los presidentes de los Supremos Poderes del Estado, de la Asamblea Legislativa, la Corte Suprema de Justicia y Tribunal Supremo de Elecciones, junto con los embajadores, en sus embajadas de Costa Rica en el exterior, son los únicos funcionarios nacionales que pueden usar, en su ejercicio, el Pabellón Nacional, que es la integración de la Bandera Nacional y el Escudo Nacional en una sola unidad. Todos ellos, de una u otra manera, en la especificidad de su función, representan al pueblo soberano costarricense, a la nación costarricense, con todos sus valores.

Por ello el presidente de la república es como un símbolo patrio, al que se le deben guardar todos los respetos que el protocolo exige para estos símbolos, y para las figuras, o personas, que los representan y ejercen, en el momento de ejercerlo.

En Costa Rica, quizá por la tradición democrática pacifista que hemos cultivado históricamente, ausente de militares gobernantes, de prácticas militares odiosas, de militarismo autoritario institucional, de dictaduras y tiranías, porque los presidentes son de tipo civil, porque en sus prácticas políticas electorales desarrollan cercanía directa con los electores, los ciudadanos, y las personas en general, y porque en su vida civil ordinaria, como personas y como políticos, aún activos, se desplazan sin seguridades odiosas, o distantes de la gente, ha hecho que las personas, más que democratizadas en su relación con el mandatario, se consideran igualadas con él.

Hoy pareciera que no tenemos más personas con sentido democrático, educación republicana y responsabilidad ciudadana. Curiosamente nuestro sistema educativo, y la vida social, ha ido evolucionando de manera perversa para fomentar los Derechos y Libertades no con el aire de formar mejores ciudadanos, plenos en Derechos y Libertades, y más responsables, sino de formar personas que se consideran no iguales en esos Derechos y Libertades sino igualadas en todas sus prácticas sociales de convivencia, sin respeto a formas, a jerarquías sociales o políticas, sin respeto a las leyes, ni a los protocolos sociales, institucionales o políticos.

Toda nuestra vida social y personal, desde que nacemos está reglada por estos protocolos de convivencia, de aceptación de nuestra propia condición y de la de los demás, de aceptación de jerarquías, que empiezan con las del reconocimiento de los padres y madres, las de los hermanos, las de los abuelos y tíos y demás miembros de la familia, con quienes aprendemos a relacionarnos con respeto, con admiración y veneración, con seguridad sí, pero con confianza, con cortesía, que es la base esencial de toda práctica ceremonial o de relaciones interpersonales, de cómo tratar, cómo relacionarse, cómo saludar, cómo manifestar respeto en esas relaciones, en cómo dirigirse a una persona y hasta de cómo entender estas relaciones interpersonales. La cortesía es la que implícitamente debe estar en todas las relaciones humanas. Y el trato de la cortesía es la forma de cómo debemos dirigirnos a los demás. Al mostrar nuestra cortesía y respeto mostramos nuestro nivel educativo.

Dependiendo de cómo nos tratemos nosotros así vamos a tratar a los otros. Si en nuestra familia establecemos relaciones de poder, de sumisión y vasallaje, si establecemos relaciones de agresión, de acoso, de bullying, de falta de respeto, si esas relaciones son de irrespeto hacia las personas mayores de la familia, a quienes ejercen la jerarquía familiar por su edad, o de estimular prácticas antifamiliares de vida social, o si se nos enseña a no respetar a las autoridades de cualquier tipo, familiar, laboral, empresarial, religiosas o políticas, probablemente estas relaciones y comportamientos los proyectemos fuera de la familia, como familia, y como miembros únicos de esas familias, de modo que las personas que en ese entorno familiar se están desarrollando, igualmente repetirán esas prácticas sociales y de comportamientos que han experimentado, hacia otras familias y personas, y hacia la sociedad como un todo.

En la familia se deben enseñar las bases de esta convivencia democrática responsable. En la escuela se debe fortalecer este sentido vital. No casualmente desde los primeros niveles de educación se enseña a los niños nuestros Símbolos Patrios fundamentales, nuestros Himno Nacional y los cantos patrióticos, y se inicia la enseñanza de nuestra historia patria.

Desde el Congreso de Viena, en 1815, se establecieron prácticas diplomáticas de etiqueta, ceremonial, de cortesía, entre los Estados, para poderse relacionar como iguales. La igualdad jurídica de los Estados resultó de una reglamentación hecha en el Congreso de Viena, de la cual cada Estado hace la propia, en concordancia con aquella. Lo acordado en 1815 fue renovado en el Congreso de Viena de 1961 y adaptado a las nuevas circunstancias internacionales.

De estos Congresos se regula el protocolo oficial del Estado, de las instituciones públicas, y de los funcionarios que las representan, de conformidad con las leyes de cada país, para asegurar que los actos oficiales funcionen de la mejor manera posible, correcta y segura. Esto es valido para la organización de cualquier acto o evento oficial. Parte de esos actos o eventos son las salidas o desplazamientos del presidente de la República, o sus ministros, donde se debe velar por su seguridad, y con mayor rigurosidad en el mundo actual cargado de actos terroristas.

En Costa Rica, por esa tradición democrática, pacifista, es usual que los presidentes se desplacen a atender actos o compromisos sin mayor seguridad, y que cuando llegan a su destino rompan todo tipo de barrera protocolaria y de seguridad, y se trasladen, aunque sea pocos metros sin escoltas, de manera directa, y que de esa misma forma, con la seguridad con que actuamos todos los costarricenses, nos acerquemos a las personas que están a la espera del presidente, o que son sorprendidas por su presencia, para saludarlas de manera afectuosa, aunque sea protocolaria la relación, y hasta se detenga el presidente a firmar autógrafo cuando se lo piden, o dejarse retratar o tomarse hasta un selfie, a petición de parte. Esto es parte de la vida democrática nacional, que nos enorgullece, pero que también nos distingue de otros países cercanos y lejanos.

En la noticia destaca muchas veces esta cordialidad, familiaridad, seguridad, con que el presidente se desplaza, y es, y debe ser, más noticia el respeto que se le brinda en su paso, cuando va desprotegido de escoltas. En otros países los presidentes se desplazan a cualquier acto o evento con varios círculos de escoltas, que no permiten acercamientos directos al menos de una distancia de diez metros al presidente y a quienes de modo principal le acompañan. En Costa Rica sucede que en ocasiones es el presidente el que se distancia hasta esos diez metros de sus escoltas.

Pero sucede que cuando alguien le hace “un feo” al presidente también lo destacan como noticia. La noticia más importante es la que el presidente saluda directamente a los ciudadanos, solo, frente a frente, no que una persona, aparente maestra o educadora, le niega el saludo de darle la mano. El presidente finamente, demostrando su cultura, su educación, su talante, cuando la educadora se le echa para atrás discretamente para no saludarlo dándole la mano, sencillamente acepta el gesto y sigue saludando al resto de personas, que además aprovechan para dirigirle algunas palabras. El que dio la lección fue el presidente. El saludo es el acto que una persona hace a otra directamente usando palabras corteses, amables, comunes, de manera informal.

Hay muchas formas de saludar. Una de ellas es dando la mano. En este tipo de saludo operan varias cosas. Primero, se extiende la mano, que quiere decir que no se está armado, que se extiende una mano sin armas, sin amenazas, sin posibilidad de agredir ni causar un daño, amigablemente, a la vista, dejando eso sí la otra mano visible. No es aceptable y se rechaza en el protocolo el dar una mano guardando la otra, o metiéndola en la bolsa de la ropa, o escondiéndola. Segundo, al extender la mano se debe mantener la vista fija en los ojos de la otra persona, para dar la confianza de la comunicación que se extiende con la mano. Tercero, la mano tiene que darse en forma vertical, con firmeza. No brusca y dominantemente como lo hace el presidente Trump. A veces se acostumbra que al darse la mano también se toca el hombro.

En algunos países árabes y africanos se acostumbra que los hombres anden de la mano como símbolo de amistad. Una anécdota que recuerdo. En el Festival de la Juventud y de los Estudiantes, realizado en Sofía, Bulgaria, 1968, de pronto apareció caminando al pie de las residencias donde estábamos los delegados, Jorge Urbina, quien llegó a ser un extraordinario embajador costarricense, tiempo después, bien agarrado de la mano de dos negros africanos que tan altos como él lo llevaban entre los dos. Los ticos por supuesto que ante esa escena, en esa época, nos reímos. Pero era un gesto de amistad lo que estaba expresado en aquella caminata

Otra forma de saludar, muy a lo tico, es dándose un beso en la mejilla. Este saludo se ha ido extendiendo y ampliando en todos los sectores sociales, y alcanza a veces a los presidentes de la Republica, y funcionarios públicos, y de los mismos partidos políticos, que en sus salidas de pronto son saludados con un beso en la mejilla por alguna dama o una señora, generalmente mayor o niños. Entre algunos jefes de Estado europeos se acostumbraba darse el beso y hasta el beso en la boca, como saludaban los jefes de los Estados soviéticos, y no solo para jefes de Estado sino para altos funcionarios públicos. En el caso de los soviéticos a los secretarios generales de los Partidos Comunistas les daban este saludo, especialmente de los partidos comunistas de la llamada Europa del Este, durante la Guerra Fría.

Otra forma de saludar, también muy a la tica, es dar un abrazo, cuando se es conocido, y más si el conocido es el presidente. Ese es un abrazo que para el abrazante es superespecial, porque no solo abraza al amigo sino al presidente amigo. El buen abrazo, el mejor cualitativamente hablando, debe darse de tal manera que los dos corazones se acerquen, o hasta se pongan en contacto, es decir por el lado izquierdo de ambas personas.

En algunos países no se permite abrazar ni tocar físicamente a la reina, al rey o al presidente. Incluso se debe mantener una distancia no menor de cinco metros. Otra anécdota. Una embajadora de Costa Rica, hace muchos años, al presentar sus cartas credenciales ante la Reina de Inglaterra, se le ocurrió al final de la ceremonia abrazarla y decirle algo casi al oído. Pocos días después la Cancillería inglesa había pedido su retorno.

A veces los saludos son entre iguales. Presidente con presidente, ministro con ministro, embajador con embajador. No se puede dar ese saludo directo del alto funcionario con personas que no tienen su rango. En esos casos estos funcionarios no pueden saludar públicos directamente, a mano, salvo en los actos personales de ellos. Otra anécdota. Cuando estuve de embajador en Venezuela, y todavía no había presentado oficialmente ante el presidente Chávez las cartas credenciales que llevaba, pero sí podía asistir al Sistema Económico Latinoamericano (SELA), donde yo tenía la representación nacional, en el momento que en un grupo de embajadores me presenta, uno de ellos me pregunta si ya había presentado las credenciales, y al decirle que no, dio media vuelta y se retiró sin darme el saludo de presentación que me estaban dando los otros embajadores, extendiéndome sus manos. Esto por cuanto se consideraba que mientras el gobierno no me recibiera yo no estaba oficialmente acreditado como embajador en Venezuela, lo cual era correcto, pero sí estaba de pleno de derecho de embajador en el SELA, que era un organismo internacional que no dependía de Venezuela.

A veces el protocolo de saludo al presidente, al rey o la reina obliga a la genuflexión y reverencia. También se hace con el papa. En Venezuela todos los embajadores una vez que presentan las cartas credenciales pasan a una ceremonia ante la Tumba del Libertador, donde en el acto oficial se obliga una genuflexión de reverencia ante Simón Bolívar.

La maestra que le negó el saludo al presidente al no darle la mano, en su retiro hacia atrás, según pude apreciar en un video, discretamente hizo una pequeña genuflexión con su cabeza, que bien podría tomarse con un saludo, peor que darle la mano, porque en la genuflexión se reconoce sumisa, vasalla, casi súbdita del soberano presidente. Si no lo saludó con la mano, lo hizo muy discretamente con la cabeza, sin tener cabeza de ello, solo cabello.

Cuando José Figueres llegó a la Universidad de Costa Rica, y en las mismas condiciones de Carlos Alvarado, sin escolta alguna, acompañado de pocos profesores, al entrar en la Escuela de Economía, donde funcionaba también la Escuela de Derecho, un pequeño grupo de estudiantes le silbó a su entrada. Figueres se devolvió y dirigiéndose al grupo de estudiantes preguntó quién le había silbado. Pablo Azofeifa, estudiante, le dijo “Yo fui”, y Figueres le dio una cachetada. Eso conmovió al país ese día. Por la noche el presidente Figueres habló por radio y por televisión sobre el incidente ocurrido. Palabras más, palabras menos, dijo: “Hoy fui a la Universidad. Yo estoy de acuerdo con que al presidente de la República lo chiflen. Lo que no puedo estar de acuerdo es que a un viejo le falten al respeto. Por eso tuve que darle una bofetada a ese muchacho, para que aprendiera a respetar a los mayores”. Mi abuelita Ofelia, que era antifiguerista, oyéndolo conmigo dijo: “Estoy de acuerdo con él”. La anécdota final de esta bofetada fue que le dijeron a Figueres: “Qué torta se jaló usted don Pepe, con ese muchacho, que es hijo de su amigo Isaac Felipe Azofeifa”. “¿Y cuál es el problema”, preguntó el Presidente. “Que dicen que le arrancó un diente”. “Eso no es ningún problema, dijo Figueres… díganle que se mande a poner un puente y le ponga una plaquita que diga Administración Figueres”. Luego, a la tica, ahora sí en la realidad, Figueres, Isaac Felipe Azofeifa y Pablo se reunieron alrededor de una taza de café, unos días después.

Cuando daba clases, hasta hace poco, enseñaba, de manera muy sencilla, en la primera lección, a mis estudiantes, que en el trato que me iban a tener no se me dijera “señor” ni “don”. Que prefería que me dijeran “ciudadano”, o “profesor”, que estos últimos dos conceptos eran más propios de un régimen republicano para mi condición humana. El concepto “señor” estaba asociado a la Edad Media, y a sus señores feudales que tenían personas bajo su dominio, su servidumbre, sin derechos y libertades como las que hoy gozamos, y hasta podían disponer de esas personas según esos derechos que tenían los señores feudales. Y que el concepto “don” había evolucionado, igualmente, de esa época refiriéndose con él a las personas “De Origen Noble”, a las que luego referían en las cartas medievales como “D.O.N”. y finalmente “Don”. Aun así costaba mucho romper los esquemas de la tradición educativa de llamar señor o don a una persona, sobre todo si es mayor de edad, o ejercía alguna jerarquía, como la de ser profesor frente a sus alumnos. Entiendo que hoy se sigue usando más el señor y el don como cortesía de saludo ante personas mayores, o jerárquicas superiores, y de manera muy general descontextualizados esos conceptos de su sentido histórico original.

Los hábitos de la buena educación se enseñan en el hogar y se fortalecen en la escuela y el colegio, y hasta en la universidad. Decir buenos días, buenas, tardes, buenas noches, muchas gracias, ¿cómo está usted?, dar la mano en forma de saludo, el respetar a las personas y a los funcionarios públicos, a los trabajadores en general, a los que ejercen los altos cargos de la dirección del Estado y de la administración pública, que es cosa de todos, son aspectos que se aprenden desde la infancia, gracias a los buenos padres y madres, a los maestros y maestras, a los profesores que los enseñaron y a las buenas relaciones, que en igual sentido, cultivamos desde pequeños con quienes nos rodearon.

El respeto hacia otros nace del propio respeto que se tiene hacia uno mismo. Quien no se respeta a sí mismo, ni exige que se le respete, no respeta a nadie. 









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