Costa Rica está atravesando una etapa que duele. Duele cuando una madre teme por sus hijos al salir de casa. Duele cuando un joven recibe una educación que no le abre oportunidades. Duele cuando un adulto mayor espera meses —o años— por una cirugía. Duele cuando el turismo, que durante décadas fue motor de progreso, pierde fuerza. Y duele, sobre todo, cuando el crimen organizado comienza a sentirse cerca, demasiado cerca, infiltrándose donde antes había confianza.
Esta es una realidad que se palpa en las calles de nuestras comunidades.
Ante este escenario, hoy votar no solo es un derecho, es un deber, en el sentido más profunda de responsabilidad con el país que heredamos . Y si lo analizamos desde una perspectiva incómoda para algunos, la realidad es que nos conviene salir a votar.
Costa Rica posee algo que hoy millones de personas en el mundo han perdido: la posibilidad de cambiar el rumbo sin violencia. Poder decirle a un mandatario con nuestro voto “muchas gracias, que pase el siguiente” no es un gesto simbólico. Es un acto de dignidad democrática. Es la herramienta que nos permite corregir errores sin derramar sangre, sin miedo, porque gracias a nuestra Constitución, también es secreto e inalcanzable para la censura.
En muchos países, cuando un gobierno fracasa, no hay segunda oportunidad para la ciudadanía. El poder se aferra, el Estado se endurece y la ciudadanía se vuelve invisible. Aquí no. Aquí todavía podemos decidir.
Pero la democracia no funciona sola. Necesita una ciudadanía despierta, consciente y presente.
Renunciar al voto no es una forma de protesta. Es una renuncia silenciosa al poder propio de elegir, de ser protagonista y no un cómplice o un espectador de lo que pasa en el país. Es dejar que otros decidan por nosotros, por nuestras familias, por nuestros hijos. Como advirtió con lucidez José Ortega y Gasset: “La política no admite el vacío; si usted no se ocupa de ella, ella se ocupará de usted.”
En política no existen las sillas vacías. Si alguien no se sienta a decidir, otro lo hará. Y no siempre lo hará pensando en el bien común.
La realidad del narcotráfico lo demuestra con crudeza. Las recientes y masivas incautaciones de droga en Europa evidencian la dimensión global del problema. Costa Rica no está al margen de esa amenaza. Cuando el crimen avanza es porque encuentra grietas, debilidad institucional, indiferencia social, cansancio ciudadano y hasta complicidad de algunos corruptos que ocupan temporalmente el poder.
En ese sentido, ha sido provocadora —pero reveladora— la reflexión del presidente Nayib Bukele, quien ha sostenido que cuando un Estado no controla el crimen, no siempre es por incapacidad, a veces es por permisividad o complicidad. Más allá de simpatías o rechazos, es claro que ningún país puede darse el lujo de normalizar la violencia ni de mirar hacia otro lado.
La abstención no castiga al poder. Lo libera de control. Las democracias con baja participación tienden a gobiernos más frágiles, menos representativos y más vulnerables a intereses particulares. En cambio, una ciudadanía que vota envía un mensaje claro: estamos atentos, estamos presentes, exigimos resultados.
Costa Rica ha sido faro. Abolimos el ejército cuando otros se armaban. Apostamos por la educación y la salud cuando la región ardía. Construimos institucionalidad donde parecía imposible. Esa luz hoy no se ha apagado, pero está opacada. Y la indiferencia es el mejor aliado de la oscuridad.
Este 1 de febrero no se trata solo de nombres o banderas. Se trata de asumir que cuatro años fueron suficientes para evaluar resultados. De entender que la democracia nos da una vía pacífica y legítima para corregir el rumbo. De recordar que nadie vendrá a salvar lo que nosotros no defendamos.
Salir a votar es un acto de amor propio, de amor por nuestros hijos y nietos… de amor por Costa Rica.
La historia la escriben quienes, aun cansados, deciden participar. Nos conviene votar por amor a la vida, por nuestra democracia, por la libertad y por el futuro que queremos para nuestro país.





































