Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

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Lunes 26 Septiembre, 2016

El simbolismo que hay detrás de la acción del Presidente es que en Costa Rica no vamos a ser cómplices silentes de un golpe de Estado ocurrido en nuestra narices

La polémica de Solís en la ONU

La acción del Presidente Solís en la ONU desató muchísimas más reacciones y críticas de las que me hubiera imaginado en cualquier escenario. Lo primero que me llama la atención de la indignación que tanta gente ha expresado, es que parece que lo que molesta es una cuestión de supuesta imagen, del qué pensarán, del cómo nos vimos, en lugar del significado que tiene una acción así. Lo bueno es que entre quienes sí saben de diplomacia, la acción se entiende por su simbolismo, y no por las ocurrencias de todos los alérgicos a lo que huela a izquierda.
Primero que todo, poco tiene que ver que otros países se hayan levantado de la misma forma en la que lo hizo el Presidente Solís. Él lo hizo por iniciativa propia, porque fue una decisión que tomó en su calidad de presidente, como cientos de decisiones que debe tomar cada semana y para las cuales no puede estar realizando un plebiscito a ciudadanos a ver si les gustará o no. Recordemos un principio político muy básico: toda acción de parte de un representante en el poder tendrá un motivo, una posición. El argumento “él nos representa a todos, por lo que no puede hacer eso” es una falacia bastante absurda, porque absolutamente toda acción en política tiene un trasfondo y tendrá gente que la apoye y gente que no. Incluso no hacer nada, o mantenerse “neutral”, también será bien recibido por unos y criticado por otros. Por lo cual, las acciones políticas deben ir basadas en algún fundamento de lo que nuestros representantes en el poder creen correcto sobre cómo se dirige un país, y siempre habrá gente que crea que el camino debe ser otro. Es imposible complacer a todos los representados. Lo que corresponde exigir es coherencia, y esta acción del Presidente es coherente con nuestra tradición democrática.
El Presidente hizo lo que consideró correcto y además lo hizo con bastante fundamento. Se levantó para no escuchar a un presidente por el que nadie en Brasil votó, luego de orquestar un juicio político (nada judicial) sobre el que no había pruebas, sino solo escándalos. Un juicio que quitó del poder, con solo el voto de 61 senadores, a una presidenta que fue electa por más de 50 millones de brasileños. Senadores y diputados, de los cuales más de la mitad tiene causas abiertas por corrupción en múltiples formas y que si fueran juzgados de la misma forma en la que fue la Presidenta Dilma terminarían, al menos, desocupando sus despachos.
La Presidenta Dilma fue víctima de una constitución con una ventana sumamente antidemocrática que facultó al Senado hacer lo que hizo: remover a una presidenta que ha seguido el proceso de transformación social y de reversión de la desigualdad que inició el Presidente Lula. Una presidenta incómoda para las élites acostumbradas a acumular mucho a costa de muchos. Y que una injusticia sea legal o esté plasmada en una constitución, no la hace más justa, no la hace legítima, ni la hace democrática. Sigue siendo una injusticia.
El simbolismo que hay detrás de la acción del Presidente es que en Costa Rica no vamos a ser cómplices silentes de un golpe de Estado ocurrido en nuestra narices, en un país hermano latinoamericano. ¡Qué dicha que el Presidente Solís dejó ese mensaje frente a la comunidad internacional! Y en lugar de preguntarnos qué pensarán los demás países por habernos levantado con los países del ALBA (y por ello concluir que de repente nos volvimos al socialismo, lo cual es bastante absurdo), deberíamos preguntarnos por qué los demás países, de América Latina al menos, no hicieron lo mismo.
Lo ocurrido en Brasil es serio, fue un golpe de Estado, que aquí en Costa Rica no hubiéramos tolerado. Y si aquí nos pusieran a un presidente por el que nadie votó, electo por un pequeño grupo de sedientos de poder, bastante enfurecidos deberíamos estar si el resto de América Latina solo ve para otro lado. Ya ocurrió en Honduras y en Paraguay. Los golpes de Estado siguen siendo una realidad, solo que ahora se llevan a cabo de forma distinta al siglo pasado. Ojalá Costa Rica nunca guarde silencio ante una realidad tan cruda.