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Viernes 19 Diciembre, 2014

El daño se evidenciará en el mediano plazo. Las carteras morosas serán el primer síntoma de la hecatombe


La ola consumista que hunde

Imprimirle dinamismo a la economía a través de un “viernes negro” puede ser un arma de doble filo para quienes animan la actividad. Las alegrías pasajeras de un conglomerado de empresas que hacen buena parte de su Navidad adelantada; la desatada euforia de una masa de consumidores que rellenan sus hogares con artículos modernos y de alta tecnología —que muchas veces ni requieren—, y hasta los entes financieros que suavizan las medidas crediticias para engrosar la lista de clientes, pueden resultar, al final de cuentas, en un tobogán de desaciertos económicos que casi siempre culminan con un retroceso en los ingresos familiares que ahonda la ya incipiente parálisis productiva.
Tres actores confabulan para ello. Un sector financiero irresponsable que ante el remezón de compras, dispara tarjetas de crédito a diestra y siniestra para consumar un negocio redondo, donde el éxito reside en ampliar plazos y conceder tasas atractivas que, al cabo del tiempo, terminan por ahogar a la clase media alegre y derrochadora.


Un cúmulo de negocios y cadenas comerciales cuya visión empresarial no repara en elevados déficits fiscales ni en políticas de austeridad cuando la economía indica cautela.
En vez de una publicidad moderada de acuerdo al ambiente económico enrarecido, más bien esas corporaciones comerciales prefieren llenar hojas enteras en los diarios nacionales incitando al gasto cuando se requiere parsimonia y prudencia en los hogares. “A nadie lo empujan a comprar”, dirán algunos. Pero habiendo una sutil carnada, el desenfreno puede más que la prudencia.
Y la última pata del banco: la osadía que muestran los consumidores que ante el estado constreñido de las arcas nacionales se despojan de prejuicios ahorrativos y mensajes lastimeros, y asaltan como desquiciados los comercios comprometiendo aguinaldo, ahorros y dinero plástico en su afán por poseer lo último en tecnología, como si esa fuera su única etiqueta de estatus social.
El daño se evidenciará en el mediano plazo. Las carteras morosas serán el primer síntoma de la hecatombe comercial cuando los propios banqueros empiecen a sacarle el jugo a las cuentas por pagar en sus estados financieros y, como colofón de la estulticia, el remate de activos de los compradores compulsivos que no pudieron atender sus obligaciones a tiempo. Pero no solo eso. Los graves incumplimientos financieros tendrán como consecuencia el desplazamiento de cientos de clientes del crédito bancario futuro.
Así mismo, los efectos colaterales de ese frenesí ya son de sobra conocidos. Pantallas que inundan las compraventas en enero, tras de un gozo efímero durante la Navidad y Año Nuevo que luego termina en los anaqueles del comercio topador. Para terminar, las cuentas en rojo con que los compradores inician el nuevo año a la espera impaciente de un salario escolar y una “salvadita”, de quién sabe dónde.
Ese es el desenlace final de la locura que desató un viernes negro. Al final de cuentas, banqueros, empresarios y compradores, en un intento por revitalizar la economía local, más bien la hunden con sus ofertas desbordadas, créditos ampulosos y compras alocadas e inconscientes.

Luis Alonso Vargas