Luis Alberto Muñoz

Luis Alberto Muñoz

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Viernes 7 Agosto, 2009


La maldita platina

Es imposible obviar este tema. Por más que uno quiera, no se puede ignorar el escándalo que han despertado los cuatro intentos por arreglar la platina en el puente sobre el río Virilla, que dicho sea de paso se ubica en la principal vía de este país.
Tras los remiendos quedó una brecha de diez centímetros, ahora los conductores tienen que reducir la velocidad para poder apreciarla, burlarse o por el simple hecho de binear.
La platina ha inspirado vídeos, canciones, poemas, páginas de Internet, pero principalmente la indignación al unísono de costarricenses que con el sudor de su frente pagan impuestos con el sueño de tener carreteras decentes.
¿Tal vez este sea el momento tan esperado por los políticos para hablar sobre la necesidad de una reforma fiscal?
Este tema trascendió el ámbito nacional, y medios en Nicaragua, agencias de noticias internacionales han dado seguimiento a esta telenovela. Sería insoportable que Daniel Ortega, Hugo Chávez o Fidel Castro, aprovechen esta oportunidad para seguir enviándole “flores” a don Oscar Arias.
¡No faltaba más! Con la presión internacional sobre nuestro mandatario por los problemas en Honduras, que un asunto aparentemente insignificante vaya a robarle su atención.
Cualquier ser humano normal se preguntaría, ¿cómo es posible? Más aún si se considera que ya desde hace dos años un estudio de los japoneses alertó que el 60% de los puentes tenía que recibir mantenimiento pronto y puntualizó que 29 debían atenderse de inmediato por el grado de deterioro que presentaban.
Hasta la fecha, no se ha atendido ninguno.
Quisiera creer que el asunto de la platina fue meramente circunstancial, es decir que las cosas simplemente no salieron bien por razones fuera del control de nuestras autoridades de obra pública.
Entre las teorías sobre este problema han surgido desde conspiraciones hasta explicaciones sociológicas sobre la cultura costarricense.
Sin embargo, me parece que la más sensata que he leído fue la expuesta por don Beto Cañas en este periódico, al referir que al Ministerio de Obras Públicas “lo desactivaron a tal extremo en los últimos tiempos, que se herrumbró. No es que se le herrumbraran las herramientas y la maquinaria: es que se herrumbró el Ministerio*”.

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