Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 30 Agosto, 2008

ELOGIOS
La empatía

Leopoldo Barrionuevo

Se ha ido perdiendo la capacidad para la empatía en muchas actividades y profesiones de la vida actual. Algunas requieren esta cualidad más que otras, como lo son las ventas y el servicio, pero es en la vida cotidiana donde más se nota. La empatía es el modo de entender a los otros en su modo de sentir, la forma de interpretar las pistas no verbales, los gestos, los silencios y es ponerse en los zapatos del otro para comprender por qué piensa como piensa, aunque no compartamos su punto de vista.
La empatía es fundamental en lo social, dado que la gente se relaciona emocionalmente pero en forma sincera, en la medida que hay personas que actúan para gustar y llevarse bien, pero no dicen realmente lo que sienten. La empatía implica honestidad, no fingimiento.
Lo cierto es que los temas conflictivos de la pareja no suelen ser los verdaderos motivos de distanciamiento sino el tono, la emoción de cómo se discute. En tal caso, el tono hace a la canción, como en el canto.
Una de las formas preferidas de culpa (y no se olvide que la culpa hace a la manipulación) es la crítica no a un acto específico sino a un ataque global como es el caso de tildar de egoísta a alguien para hacerlo sentir mal; el resultado es una conducta defensiva, lo que por cierto no ayuda a mejorar.
Si además, la actitud es desdeñosa, está logrado el objetivo, pero no resuelto el problema que debería consistir en resolver la situación. Es fácil comprender que todos los ejemplos que pongamos nos demuestran una y otra vez la raíz emocional de las discusiones de pareja.
Lo lamentable es que cuando estos conflictos se repiten es imposible pensar o ser lúcidos. Las respuestas son siempre inconvenientes y las más de las veces perturban aún más el clima, alterado por simples nimiedades. En verdad, lo que la mujer busca, en la mayoría de los casos, es ser escuchada y si analizamos los ataques son fácilmente refutables de una y otra parte, pero no es suficiente para calmar los ánimos.
Al fin, repetimos buena parte del repertorio aprendido de nuestros padres, aunque nos cueste aceptarlo.
La gente distingue entre la crítica constructiva y la destructiva, pero en el fondo, lo que se pretende es distinguir entre la crítica que uno hace y la que hacen los otros, respectivamente. Es decir, si la hago yo es una crítica honesta y justa, es bien juzgar (recuérdese que crítica viene del griego Kritikos, “capaz de discernir o de juzgar”) y si la hacen los otros es para herir susceptibilidades y molestar.
Y es apenas lógico: ¿cómo se hace la crítica? ¿Desde el punto de vista del crítico? Eso no es empatía, dado que la crítica tiene una sola dirección. Muchas de las críticas que escuchamos tienen por objeto avergonzarnos, mortificar y especialmente hacer recaer culpas en el criticado, desvalorizarlo emocionalmente y mermar el sentido de su propia importancia, a la vez que su orgullo.
Lo importante es anteponer siempre los sentimientos de la otra persona, ponerse en su lugar y seleccionar el momento para ser, a la vez sinceros y bondadosos. Además, preguntarse: si yo fuera él, ¿cómo me sentiría si me dijeran lo que pienso yo decirle?
Es nuevamente comprender al otro, aprender a ceder e incluso aprender a pedir perdón para intentar convivir, algo que se hace cada vez más difícil en los medios urbanos y en los tiempos que corren.

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