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Miércoles 26 Septiembre, 2007

Hablando Claro
Vilma Ibarra

A lo largo de estos dos meses muchas veces sentí repulsión. Las crónicas de ese extenso juicio plagadas de absurdos, sinsentidos, y muchas veces hasta de irrespetos a la memoria de Maureen Hidalgo me producían una sensación de estupor, de rechazo y un sentimiento de pesar por todo lo que tenían que pasar los papás de aquella joven que encontró la muerte en el amor.
Así es la violencia de género; así operan los mecanismos de la violencia doméstica: sobre el ejercicio de poder, de la degradación, del temor y el terror, en el contexto de los gritos, los golpes y el control férreo sobre cada instante de la vida (¿se puede llamar a eso vida?) de la víctima…
Recrear el ciclo de violencia es terrible. Es volver a repasar los momentos crudos de una realidad que nos golpea como sociedad; un flagelo que nos degrada y nos denigra; un flagelo que no hace diferencia de condición social, nivel educativo, ni perfil de ningún tipo, excepto el perfil de un agresor.

Luis Fernando Burgos era un hombre reputado en el escalafón del Poder Judicial y en el círculo de la Defensa Pública. Lo recuerdo tiempo atrás cuando lo entrevistábamos en razón de los casos que defendía. Se decía que llegaría muy lejos… Pero como suele ocurrir con los agresores no se conocía públicamente (por lo menos no antes de la muerte de su esposa) su condición de hombre inseguro y violento, incapaz de controlar sus emociones; aunque quienes formaban parte de su círculo más cercano, sí lo sabían. Sabían de su patología. La misma que estableció ayer sin lugar a dudas el Alto Tribunal que lo condenó a 35 años de cárcel por el delito de homicidio calificado de su esposa Maureen.

Una tristemente célebre trama de dolor, muerte y engaños en las entrañas mismas de nuestro Poder Judicial que lo maltrata y lo ofende. Un capítulo cuyo epílogo dejó una muerte sin sentido —como todas las muertes por violencia doméstica— que solo nos devuelve el aliento por la sentencia firme y contundente de las valientes juezas que la determinaron, pero que nos deja también la dolorosa sensación de que fue una muerte que pudo haberse evitado.
Y eso es probablemente lo más terrible de este caso: que las personas allegadas al círculo laboral de Maureen y Luis Fernando —ahí mismo en el corazón de la justicia costarricense— sabían de la situación de violencia cotidiana que vivía la auxiliar judicial y callaron. Y el silencio es el arma más poderosa de la violencia doméstica.

A pesar de que nada será suficiente para compensar una vida segada, podemos decir que se ha hecho justicia. Ahora, todos debemos seguir abriéndonos a la realidad. Debemos aceptar que tenemos la violencia enquistada en nuestros hogares, en nuestros barrios y comunidades y que hay mujeres y niños inocentes que necesitan ayuda, que gritan en silencio como lo hizo Maureen muchas veces, para ser rescatados del maltrato y de la muerte.
Como mujer, como madre, como ciudadana, externo mi agradecimiento a las señoras juezas Casas, Arana y Araya. Por su sentencia, por sus argumentos y por haber rechazado de plano los insultantes argumentos que pretendieron manchar la honorabilidad de Maureen… como si existieran excusas para justificar la muerte absurda de un ser humano.