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Miércoles 26 Octubre, 2016

Muchas veces las democracias parece que se suicidan, no solo por el mal diseño institucional sino por los comportamientos de sus miembros

Democracias que se suicidan

Cecilia Cortés
Politóloga e internacionalista

En 2015 se cumplieron 30 años de haber tenido el privilegio y honor de echar a andar junto con el doctor Jorge Mario García Laguardia, eminente constitucionalista guatemalteco, el Centro de Asesoría y Promoción Electoral (CAPEL), programa especializado del Instituto Interamericano de Derechos Humanos.
CAPEL nació en lo que se conoce como la Tercera Ola Democrática de América Latina, para asistir a los países de la región —muchos de ellos en procesos de transición democrática— en el fortalecimiento de sus procesos electorales, con el fin de que tuvieran las condiciones técnicas y normativas para organizar y llevar a cabo elecciones transparentes, libres, limpias y eficientes para la conformación de los órganos políticos de gobierno.
Fueron años intensos en que recorrimos América Latina y el Caribe a lo largo y a lo ancho haciendo elecciones y democracia. Los resultados y la contribución en los campos de la investigación y publicación (el Diccionario Electoral, único en el mundo, es un ejemplo), asistencia electoral, capacitación y misiones de observación fueron trascendentales para ese propósito.
Unos 30 años después de este monumental esfuerzo, el larguísimo proceso de transición amenaza con debilitarse y se pone en primer plano el problema de la gobernabilidad en crisis. En efecto, el panorama en varios países de América Latina es desalentador. El Índice de Desarrollo Democrático de América Latina 2014, (IDD-LAT) de la Fundación Adenauer y Polilat, que mide con indicadores varias dimensiones clave del desarrollo democrático, mostró un retroceso en el promedio general de la región que se viene repitiendo desde 2009 (www.polilat.com). A la consolidación del régimen democrático se oponen varios factores enemigos de la convivencia democrática.
El atavismo resistente a la tolerancia. La formación de la clase política latinoamericana, abrevada en el siglo XVII, dentro del neotomismo, ha pesado en la historia y ha heredado una actitud intransigente, intolerante, resistente a la concertación (García, 2015). La cultura autoritaria ha impedido que las experiencias democráticas avancen, que se logre un consenso para realizar cambios sustanciales. Parece indispensable la adopción de un proceso de lenta sedimentación, de una nueva cultura y estilo político de comportamiento. El constitucionalista chileno Francisco Cumplido lo ponía en un evento en Uruguay a modo de interrogante en los siguientes términos: “Hemos hablado de reformas institucionales, pero ¿qué lugar tiene el problema de la cultura política, no solo en la sociedad sino en el comportamiento de los actores? El comportamiento de los políticos, por ejemplo de los diputados, es un aprendizaje, pero muchas veces las democracias parece que se suicidan, no solo por el mal diseño institucional sino por los comportamientos de sus miembros. En el fondo hay una vocación de morir”.
Otro factor negativo es la falta de un adecuado sistema de partidos. En este contexto, constituyen un elemento necesario de la vida democrática y su responsabilidad es inmensa. El régimen de exclusión terminó con el inicio de la apertura política. Pero no existe, lamentablemente, un sano régimen de partidos y en el escenario actual se resiente la presencia de muchos actores ilegítimos, de una conducta viciada de otros que impide una expresión adecuada de las organizaciones y de la perversión del sistema, en tres direcciones viciosas: la partiditis; la partidocracia y el patrimonialismo.
Por la limitación del espacio cito solo los factores anteriores con más detalle, pero no se deben dejar de lado asuntos tan cruciales como las consecuencias del diseño del sistema electoral sobre el régimen político; el financiamiento de los partidos y de la política, en general. Por último, no por ello menos importante, el gran tema de la corrupción que ha carcomido y continúa carcomiendo las bases todavía en consolidación, de nuestros sistemas democráticos.
Los graves casos de ingobernabilidad —por distintas razones— que hemos presenciado en los últimos tiempos en Argentina, Chile, Brasil, Ecuador, Venezuela, Honduras, Guatemala y México corroboran lo aquí expuesto.
Como decía dramáticamente don Francisco Cumplido en esa oportunidad ¿De qué manera se puede salvar la vocación democrática?

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