Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 2 Noviembre, 2011


Hablando Claro
De impuestos y demonios

Así los temas sean banales o profundos, a los ticos nos encanta satanizar, estigmatizar y etiquetar (prejuzgar) los hechos y a las personas. Es asunto de sociólogos y psicólogos explicar este comportamiento que nos conmina siempre a ver en el otro lo que jamás observamos en nosotros frente al espejo.
Los otros tienen oscuras intenciones. Aquel pretende un beneficio personal. Y el de más allá —si no llega a corrupto— es tan ingenuo o tonto que no se entera que lo están engañando o que es parte de una trama. Como un diputado que le dijo a otro que en materia de recorte presupuestario tenía que decidir si se colocaba “de lado del bien o del mal”. Así vemos las cosas. Del lado de Dios o del diablo. Siempre en blanco y negro. En la pureza total o en hondo foso del pecado. Extraña manera de apreciar el mundo. Dividido entre buenos y malos. Y nosotros, claro está, siempre jugando con los buenos.
Lo mismo pasa hoy con los impuestos. Todos deben pagarlos porque deben ser responsables y solidarios. Todos menos yo, claro está. Frente a un tema tan álgido como el aumento de la carga tributaria, lo lógico es que existan posiciones que tiendan a esos extremos. Pero que el debate nos conduzca irremisiblemente por la vía del cataclismo y el señalamiento artero es otra cosa. Resulta dañino, crea confusión y consecuentemente no contribuye en nada a profundizar la deliberación democrática que es necesaria para la toma de decisiones sustantivas de política pública.
Partamos del hecho de que nunca habrá un buen momento para imponer gravámenes. Estamos frente un tema odioso. Odioso pero insoslayable. Se trata además de un asunto de conocedores. Una materia técnica, complicada, en la que todos opinamos. Como entrenadores frente a la pantalla en un partido de futbol. Y para aprovechar la figura, aplaudimos la disputa del balón en la complejidad del planteamiento y ojalá en la virtuosidad del juego. Lo que repudiamos es la bajeza de la patada y el manotazo; así como la odiosa retención del balón para perder el tiempo y no hacer ni dejar hacer.
Hemos tardado una década en entrarle al tema. Ciertamente este gobierno no nos lo anunció como parte de sus prioridades. No importa. Hay muchas razones que explican de sobra que sí es una prioridad para el país. Y eso debería bastarnos para elaborar y escuchar con atención argumentos serios a favor y en contra y exigir acción en consecuencia a los señores diputados que habrán de emitir un voto de conciencia que podría ser acaso el más importante de toda su gestión. Lo deplorable es que nuestro debate sociopolítico atraviesa por aguda crisis. Las poses se imponen a los principios. Acusamos una especie de desnutrición severa en términos de la calidad deliberativa. Y para colmo de males, los medios de comunicación especialmente en la pantalla chica, que es por donde pasa la formación de opinión política no están interesados en el debate. No mientras no implique precisamente patadas y manotazos.

Vilma Ibarra