Alberto Cañas

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Miércoles 28 Enero, 2009

CHISPORROTEOS

Alberto F. Cañas

Me satisface la programación que ha hecho el Teatro Nacional para este año, que incluye una serie de espectáculos diurnos de toda clase a precios bajos, y la llegada de espectáculos extranjeros de calidad, incluida una compañía española de teatro clásico.

Es bueno que el Teatro Nacional sea empresario. En ocasiones anteriores lo fue con buen éxito. Lamentablemente hay que reconocer que las exigencias de reparación y mantenimiento del edificio han venido absorbiendo mucho de lo que en otras circunstancias podría dedicarse al teatro como empresario. Sin embargo, reconozcamos que dentro de limitaciones económicas fuertes, la Sala Vargas Calvo, propiedad del Teatro Nacional, ha cumplido exitosamente su misión y no ha parado de ofrecer obras teatrales de calidad, con énfasis en los autores costarricenses.



Esto me lleva a meditar sobre los altísimos precios a que se venden las entradas para la ópera Turandot el próximo mes, que la hacen imposible para personas de medianos y aun de satisfactorios recursos.

Sobre esto quiero recordar una cosa y decir otra.

Lo que recuerdo es que en los tiempos de la Primera República fue política del gobierno subsidiar determinados espectáculos a fin de bajar el precio de las localidades. Fue así cómo allá por 1940 llegaron artistas del calibre de Jascha Heifetz, Odnoposoff, el Ballet Ruso de Monte Carlo. El Teatro se cedía siempre gratuitamente. Pero al espectáculo se le subvencionaba asumiendo el teatro (o el Ministerio de Fomento al cual pertenecía), por ejemplo el costo de la propaganda, o los gastos de hotel de los artistas, y algo se conseguía, por lo menos que los precios de las entradas no se fueran por las nubes.

Lo que quiero decir, es que el viejo Raventós lo compró el Estado con el propósito de que dada su capacidad brutalmente mayor que la del Nacional, el precio de las localidades se pudiera dividir entre un mayor número de espectadores. Desgraciadamente lo remodelaron y le disminuyeron su capacidad. Ignoro si el que hoy llaman Melico Salazar se cede gratuitamente a los espectáculos, como ha sido tradición del Nacional, pero así debería ser. Ignoro también si cuando la calidad del espectáculo que allí llega lo amerita, hay una subvención para bajar el precio de la entrada.

Recuerdo que cuando el Ministerio de Cultura tuvo caja chica (de 1970 a 1978), esa caja chica, llamada Dirección General de Artes y Letras, servía para subvencionar ciertas actividades. Cuando estuvo aquí Adolfo Marsillach con el Tartufo de Molière, la Dirección le pagó el hospedaje. Y a ciertos espectáculos teatrales nacionales, se les garantizaba el pago de su planilla durante un par de semanas por ejemplo, hasta que lo que llaman el ”boca a boca”y las reseñas de prensa, llevaran público y pudieran subsistir.

Desgraciadamente, cuando Guido Sáenz decidió transformar esa Dirección, que tenía buenos ingresos, en Museo de Arte Costarricense, se le olvidó consignar en la ley que el museo asumiría las funciones que había tenido la dirección y desde entonces el Ministerio no ha tenido caja chica ni ministro que la gestione. Hay un decreto ejecutivo de la administración Figueres Olsen que trata de remediar el olvido, pero desgraciadamente los ministros no lo aplican, tal vez porque tiene cierto tufo inconstitucional. Pero algo hay que hacer. En materia de arte y cultura no se puede dejar todo al Mercado. Hay que subsidiar, y hay que buscar y tener fondos para subsidiar y para que no sean exclusividad de millonarios.

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