Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 6 Marzo, 2008

De cal y de arena
Apostillas

Alvaro Madrigal 


• En París, en el Salón de la Agricultura repleto a reventar, un ciudadano se niega a estrechar la mano que le extendía el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy. Este reacciona indignado: “Lárgate, imbécil”. Mejor le fue aquí a la estudiante que ante el presidente Arias, criticaba la crisis de valores que nos abate y la ausencia de ética en la función pública. El Presidente de Costa Rica le advirtió: “Yo no necesito lecciones de ética”.

• Memoria, tiempo y voluntad le sobraron al Presidente Arias para dedicar un sonoro homenaje y sumarse a las celebraciones del nuevo aniversario de la Unión de Cámaras Patronales. Ah, pero ni memoria ni tiempo ni voluntad tuvo (tampoco su gobierno) para celebrar el sesquicentenario de la Batalla de Rivas y de la Campaña del Río San Juan.

• ¿Por qué sorprenderse, entonces, de que un reportero de Repretel tenga como un hecho histórico (sic) la presentación de unos estrafalarios músicos? No hay memoria histórica ni espacio para nuestros héroes en el penoso periodismo corrongo, acrítico y amarillento. ¿Qué país estamos forjando?

• Vaya candor el de quienes no se dan cuenta que los millones que transfiere el concesionario del puerto de Caldera a obras sociales y de desarrollo comunal, los aportan vía tarifas los usuarios del muelle que luego trasladan los costos de esta generosidad a los consumidores. Es exactamente lo mismo que sucede con las transferencias que hace JAPDEVA al desarrollo comunal.

• Bueno es recordar que ese concesionario ya no tiene que lidiar con la elefantiásica planilla del INCOP ni con las gollerías de su convención colectiva a pesar de lo cual conserva las tarifas de la administración estatal. ¿Qué tal si el día de mañana nos sorprende con una demanda para que se le corrija un desequilibrio financiero surgido, por ejemplo, en los rubros de la terminal granelera, la grúa y el dragado?

• ARESEP se desvela por las injusticias que incuban las tarifas de ciertos servicios públicos. Se ha propuesto acabar con el subsidio que recibe el consumo eléctrico doméstico y que aportan las industrias, de lo que sacan ventaja hogares de grandes consumos (los ricos). Unos dirigentes empresariales que auspician el cambio pregonan su pertinencia también porque —dicen— así se abaratarán bienes y servicios y el menor costo se le trasladará al consumidor. Si así son las cosas, hemos de lamentar que ARESEP no tenga que ver con la eliminación de todos esos escudos fiscales que reprimen las rentas tributarias y alejan la obra pública pero no se reflejan en los precios al consumidor.

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