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Martes, 20 de noviembre de 2018



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¡Wanted!

Alvaro Madrigal [email protected] | Jueves 22 enero, 2009


De cal y de arena
¡Wanted!

Alvaro Madrigal

Grandes mayorías de la humanidad saludan el que George W. Bush haya dejado de ser el Presidente de los Estados Unidos de América. Sus ocho años al mando de la más poderosa nación del mundo ensangrentaron la faz del planeta, multiplicaron la pobreza y aceleraron el deterioro del medio ambiente con muestras evidentes ya de un daño irreversible. En otra circunstancia y en distinta dimensión, hay razones de sobra para compararlo con los grandes genocidas. Y si Sadam Hussein fue objeto de un proceso penal del que salió condenado a morir en la horca por encontrársele relacionado con la muerte de 148 chiitas sospechosos de conspirar contra él, en buena ley, en un mundo regido por el principio de igualdad ante la ley y por el acatamiento a los estatutos de la Convención de Ginebra, George Walker Bush debería comparecer ante los tribunales de justicia a rendir cuentas. No por haber halado el gatillo (que no lo hizo) sino por haber enviado a sus tropas arbitrariamente, tras escudarse en un embuste y en una campaña de terror, a otros países a imponerles a sangre y fuego sus deformaciones políticas, propias de los tiempos del big stick y a la medida de los intereses de las grandes corporaciones con las que —por cierto— mantenían estrechos vínculos destacadas figuras de este régimen parido en unas elecciones donde medió el contumelioso contubernio del gobernador de Florida, su hermano, y la derecha conservadora anclada en la Suprema Corte. No haló el gatillo pero sí envió sus tropas a otras latitudes sin mandato de Naciones Unidas y sin declaratoria formal de guerra, tras cuyo paso no quedó hierba en pie y sí una verdadera sangría y una devastación material peor que la de Hussein. Bush llenó de vergüenza y complejo de culpa al noble pueblo que, desesperado, acudió al llamado de Barack Obama. Su grito CHANGE promete acabar con la pesadilla.
El triunfo de Obama llenó de alegría y esperanza a su pueblo y a un mundo atormentado por el matonismo y la soberbia de Bush. Ecuánime y discreto, sin ignorar que hereda una economía devastada que amenaza desequilibrar a su sociedad, el nuevo gobernante toma un rumbo claramente distinto en torno a una agenda plagada de problemas, convoca a todos a encararlos, toma en serio la recuperación del prestigio, el respeto y la amistad perdidos, y se compromete a abandonar el unilateralismo y a respetar el orden jurídico internacional. No será una administración fácil porque en lo internacional el legado es un mundo en llamas y en lo interno una crisis económica descomunal que va a demandarle mucho de su tiempo y gran parte de unos recursos que se tornan escasos ante las dimensiones gigantescas de los desajustes. Ha de librar otro tipo de guerra de la que, con las fortalezas que atesora ese pueblo, puede emerger un Estados Unidos con un carácter de nación de mayor hondura y madurez, con sentido de unidad de país y con predominio de la tolerancia y la honestidad desde el gobierno.