La filantropía global atraviesa una transformación profunda. Ya no se trata únicamente de donar recursos, sino de integrar inversiones, negocios y acciones sociales bajo una misma estrategia de impacto.
Así lo plantea Kai Grunauer Brachetti, asesor senior de Filantropía LatAm en UBS Global Wealth Management, quien asegura que las grandes fortunas están utilizando no solo capital financiero, sino también influencia, conocimiento y redes de contactos para impulsar cambios sistémicos en sus sociedades.
En entrevista, el asesor de UBS sostiene que América Latina tiene un enorme potencial para consolidar alianzas público-privadas capaces de escalar proyectos sociales y ambientales.
Además, explica cómo la medición de impacto social está comenzando a adoptar estándares comparables a los utilizados en el mundo financiero, en un contexto donde la tecnología y la inteligencia artificial prometen revolucionar la transparencia y la evaluación de resultados.
Costa Rica es reconocida internacionalmente como un referente en sostenibilidad y tiene una clase empresarial con creciente conciencia sobre el impacto. ¿Qué pueden aprender los gestores de patrimonio locales de estas tendencias globales?
La principal evolución que estamos viendo a nivel global es el paso de una filantropía aislada hacia un enfoque integrado en todo el ecosistema de capital de las familias.
En la práctica, esto implica dejar de tratar la filantropía como una actividad aislada y empezar a coordinar inversiones, negocios y acciones filantrópicas bajo una misma lógica de impacto, con disciplina comparable a la de una estrategia de inversión.
Un elemento clave de esta transición es el uso del “policapital”: no solo recursos financieros, sino también conocimiento, red de relaciones, reputación e incluso capacidad de influencia pública para amplificar resultados.
Para los gestores de patrimonio locales, esto supone dos desafíos concretos: primero, evitar inconsistencias entre inversiones y objetivos de impacto a largo plazo; y segundo, desarrollar capacidades técnicas —como due diligence especializada de proyectos sociales o ambientales y medición de impacto rigurosa— que permitan ejecutar este enfoque de forma creíble, alineado con sus objetivos filantrópicos a largo plazo.
En UBS vemos que este cambio también redefine nuestro rol: más que un gestor de patrimonio, actuamos como intermediarios de ideas, conectando a las familias con conocimiento, redes globales y experiencias comparables para acelerar esta transición.
En Singapur, Emiratos Árabes y Suiza están creando incentivos activos para atraer capital privado hacia prioridades nacionales. ¿Ve usted un potencial similar en América Latina para este tipo de alianzas público-privadas, o la región aún tiene brechas estructurales importantes por superar?
Vemos un potencial inmenso en América Latina, donde la expansión de las asociaciones público-privadas es ya una tendencia detectada.
Aunque somos conscientes de que garantizar bienes públicos y equidad social depende fundamentalmente de marcos regulatorios sólidos dictados por el Estado, el capital privado de las familias tiene la ventaja de ser paciente, flexible y capaz de asumir riesgos tempranos que las instituciones públicas suelen evitar.
En la región, las familias ya están utilizando su “policapital” —financiero, relacional e institucional— y redes de influencia en las esferas de poder para viabilizar la ejecución de proyectos sociales. Si los gobiernos latinoamericanos continúan estructurando vehículos y canales para compartir riesgos, las familias están posicionadas para complementar el esfuerzo público y escalar soluciones verdaderamente sistémicas.
Medir el impacto social con el mismo rigor que el retorno financiero sigue siendo uno de los grandes desafíos del sector. ¿Cómo está abordando UBS ese problema y qué marcos o métricas considera más útiles hoy?
En UBS estamos abordando ese desafío a través de nuestra Fundación Optimus, que ha adoptado un enfoque claramente orientado a resultados y basado en evidencia. La fundación prioriza medir cambios reales en la vida de las personas —más allá de actividades— y utiliza herramientas estructuradas, como modelos de “impact rating”, que permiten evaluar de forma consistente el potencial y el desempeño de proyectos en distintos sectores.
Estas metodologías estandarizan criterios de impacto, facilitan la comparación entre programas y apoyan la toma de decisiones tanto a nivel de cada iniciativa como del portafolio completo. Además, Optimus complementa esta medición con un enfoque de financiación basado en resultados —donde el énfasis está en los resultados finales más que en los insumos— y con procesos continuos de aprendizaje y mejora, lo que refuerza la transparencia, la rendición de cuentas y la efectividad de las intervenciones.
De cara al futuro, creemos que la tecnología y la inteligencia artificial tendrán un papel creciente para mejorar la transparencia y comparabilidad de datos, aunque su adopción aún es incipiente en este ámbito.





































