Jose Luis Arce

Jose Luis Arce

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Jueves 14 Enero, 2016

Un Banco Central optimista

El Programa Macroeconómico para 2016 y 2017 presentado por el BCCR durante la primera semana de enero es particularmente optimista.
Pues aunque parte de la premisa de que no iniciaría el ajuste en las finanzas gubernamentales en este año ni en el próximo —el déficit fiscal lo estima en 6,2% y 7,0% del PIB en 2016 y 2017, respectivamente— proyecta un mayor crecimiento económico impulsado por una recuperación de las exportaciones y, particularmente, porque se mantendría el impulso dominante del gasto interno, en especial, el consumo de las familias.
En el caso de la demanda externa, ciertamente es razonable esperar una incipiente recuperación de las exportaciones producto del crecimiento moderado, pero sostenido de nuestros principales socios comerciales. También contribuirían a este resultado el que se supere finalmente el impacto contable del cierre de la planta de Intel y la contracción en las importaciones agropecuarias producto de condiciones climatológicas adversas se modere y empiece a revertirse.
De esta forma, aunque no serán ni de lejos el principal motor de la economía como sucedía en el pasado, las exportaciones retomarán la senda de crecimiento, luego de dos años de marcada contracción.
La pieza que no calza en el rompecabezas que arma el Banco Central es el crecimiento de la demanda interna, el otro motor de la economía. Tanto en el caso del consumo de las familias como de la inversión pública y privada, no es claro que pueda mantenerse mucho tiempo más el impulso observado en los meses pasados.
Por una parte, la mejora en los términos de intercambio no será de la magnitud que la observada el año pasado y, por lo tanto, el regalo que se recibió del resto del mundo en forma de menores precios de materias primas y que se tradujo en mayor ingreso real para los costarricenses irá diluyéndose conforme pase el tiempo.
Tampoco es claro cómo pese a la magnitud del desequilibrio, a la poca voluntad de emprender la tarea del ajuste y a la ausencia de certeza en cuanto a las fuentes de financiamiento externo del déficit público la presión del Gobierno en búsqueda de recursos en el mercado financiero local no terminará aumentando los tipos de interés y, por tanto, debilitando el gasto de las familias y la inversión de las empresas.
La autoridad monetaria parece resolver este problema suponiendo que se contará con financiamiento del exterior en magnitudes similares a las de años previos, en particular aquellos en que se estuvo vigente la autorización legislativa para emitir deuda en mercados internacionales.
Es un supuesto temerario, al menos como es percibido al día de hoy. No es nada claro que se contará con un financiamiento externo de esa magnitud en el corto plazo y por lo tanto, en esas circunstancias las condiciones crediticias internas se endurecerán y con ellas se ralentizarán el gasto en consumo y la inversión.
Más preocupante aún que el Banco Central realice un acto de fe en cuanto al acceso al financiamiento externo, como medio para que los pecados fiscales no resulten evidentes, es la forma complaciente en que la autoridad monetaria pretende actuar en el caso en que, como los años previos, el ajuste pueda ser diferido simplemente aumentando el endeudamiento.
El Banco Central nos dice entre líneas que pretende que los tipos de interés se reduzcan más, que mantendrá su obsesión con la estabilidad cambiaria y que seguirá convencido de que el tipo de cambio real está en una zona de equilibrio.
Estas acciones no crean solo un espacio más amplio de financiamiento del desequilibrio fiscal sino que estarían aumentando peligrosamente vulnerabilidades en el sector financiero y en el aparato productivo. Evadiendo la realidad innegable de que se requiere iniciar rápidamente el ajuste, lo único que se logra es que cuando se retire la marea del financiamiento, queden al descubierto nuestras debilidades y, en ese entonces, el escaso espacio para actuar.

José Luis Arce