Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 5 Enero, 2009

Un día más en la vida

Claudia Barrionuevo

Uno se despierta el 1º de enero y —todavía con los ojos entrecerrados— cree que el día que comienza es diferente a los demás. Supone que se trata del inicio de algo. Sueña que algo cambie. Uno se equivoca. Se trata de un día como cualquier otro. Solo que es feriado.
En la vida cotidiana todo está como lo dejamos la noche anterior: la casa desordenada por la fiesta, el hueco de la calle que nos reventó la llanta el mes pasado, los tugurios del otro lado del Centro Comercial. Nada ha cambiado.
Yo descubro que el golpe que me dí el 30 con la punta de una mesa sí ha cambiado: ha pasado de morado a verde. Es como si la vida y mi cuerpo quisieran explicarme el proceso de los golpes en el alma: dolor intenso, sensación incómoda, recuperación, olvido. Las cortadas y las quemaduras son diferentes, no desaparecen, dejan cicatrices para toda la vida. Aunque el año cambie.


Los occidentales han tratado durante siglos —con bastante éxito— de imponer sus ideas, su religión, sus valores y su fin de año. Se celebra 2009, olvidando que los chinos ya han festejado 4706, los árabes 1430 y los judíos 5769.
Yo, latinoamericana descendiente de españoles, aunque criada en la cultura occidental, debo tener —es más: estoy segura— algo de indígena, algo de negra, algo de judía, algo de árabe. Podría estudiar mi árbol genealógico, investigar quiénes son mis ancestros y celebrar más de un fin de año a lo largo de estos meses. Seguir con la ilusión de que voy a amanecer un día y notaré un cambio en mi entorno.
A veces la vida sufre un vital punto de giro positivo en el inicio de algo. De la vida misma, por ejemplo cuando tenemos un hijo.
En otras ocasiones, la realidad se modifica de forma irrecuperable. La muerte no tiene vuelta atrás.
Posiblemente esto que escribo sea muy pesimista para enfrentar el nuevo año. Es que no puedo dejar de pensar en la franja de Gaza y en los días que han pasado sus habitantes mientras nosotros gastábamos nuestros aguinaldos, nos atiborrábamos de tamales y bebíamos moderadamente si es que íbamos a manejar. Nuestros temores se centraron en los retenes de la Policía de Tránsito y en los delincuentes. No en que una bomba nos arrancara la vida de alguno de nuestros seres queridos.
El 31 de diciembre pasado más de 400 personas habían sido aniquiladas en una ofensiva ofensiva —valga la redundancia— del Estado de Israel contra Gaza. Niños, mujeres y otros civiles no amanecieron el primer día del año cristiano.
Uno, entonces, quiere volver a cerrar los ojos y —si aún cree en algún Dios— rogar porque el dolor acabe para aquellos que —tan lejos de nosotros geográficamente— están sufriendo las pérdidas de sus familiares. No rezo, escribo y así pido a los que en verdad pueden hacer algo para detener las guerras que por favor lo hagan.
Nada ha cambiado. Es 1º de enero de 2009 y me levanto dispuesta a seguir adelante. Es un día más en la vida.

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