Tierra de Victoria
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La profeta anciana dijo a su nieta: “No hables nuestra lengua en la escuela, porque te van a humillar tus maestros. Son ‘sikuaros’ (personas no indígenas), quienes nos consideran feas. Nuestro sistema va a cambiar”. Y se perdió la lengua. Hoy la están recuperando.
Mientras la abuela tejía enaguas, ella, con un papel le espantaba las moscas. “Hay que ganarse el bocado de comida, cuando me paguen con una gallina, te daré de comer si continúas haciendo el trabajo”. Aquella nieta perseguía, espantaba y mataba las moscas.
Es por eso que los indígenas de esta tierra valoran tanto el alimento diario. Sí, diario, “a diferencia de los campesinos, nosotros vivimos el día a día, no guardamos, no sabemos si el mañana  vendrá, y, si viene, trabajamos para comer”, dice la “niña” espanta moscas, hoy con siete décadas a su espalda, se llama Margarita Lázaro.
La “fiesta de los diablitos” se ha convertido en un motivo para el etnoturismo, “darnos a conocer y compartir nuestra cultura”, dice Feliciana González, mientras teje. Ella, junto con Margarita son fundadoras del museo que explica las creencias, tradiciones y leyendas de su tierra, en una parte alejada al sur de Puntarenas.
Rodrigo Fernández, quien pertenece a la misma etnia, dice: “no es siempre es bueno que vengan los turistas…nos roban las tradiciones y luego la comercializan. Además, la famosa ‘fiesta de los diablitos’, es mal llamada, esos ‘diablitos’ son en realidad los ‘guerreros del sol’, en nuestra lengua materna se llaman ‘Kabrú Rojc’”.
Fernández, director regional del Ministerio de Educación Pública (MEP), aclara el mito de “los diablitos”: “el nombre lo dio un periodista del New York Times, quien a inicios de los años 70 vino a describir esta fiesta de fin de año, al ver las máscaras que portaban los hombres del pueblo para destruir al toro (que representa a los conquistadores españoles del siglo XVI), pensó que eran diablos, solo por ver la magia y los colmillos en dichas máscaras”.
Esas máscaras son una representación guerrera del jabalí, animal de gran fuerza cuya distinción física son su pelaje y sus colmillos, se caracteriza por su bravura.
A la llegada de los conquistadores, cuenta la leyenda, el “hermano mayor” llamado “Cuasrán”, se fue al monte, se enterró vivo con algunos seguidores. “Él habita las cataratas, las montañas, nos cuida”. Huyó para no ser bautizado en el nombre de Cristo y perder sus tradiciones, especialmente la adoración de Sibú, su dios.
El día empieza a apagarse con la luna que tímidamente asoma su rostro. En ese instante, repican las campanas de la iglesia Católica del territorio boruca, para recordar que la misa iniciará pronto.
Margarita y Feliciana continúan conversando en defensa de sus creencias, aquellas que sus abuelas les inculcaron en la lengua materna, hoy desaparecida, y por la que el MEP hace un esfuerzo con talleres y profesores para recuperarla.
Hoy no son una vergüenza, como pensó la profeta abuela anciana, son “un orgullo”, dice el joven estudiante de ingeniería, Luis Díaz, quien está de visita en la zona.
Al final de la “fiesta de los ‘diablitos’ (guerreros del Sol)”, el toro mata a los indígenas. Surgen entonces dos mujeres, símbolo de fertilidad, de continuación de la especie, y, simbólicamente, los resucita. Se levantan y persiguen al “toro” quien ha huido, lo encuentran. Lo queman vivo. Quedan sus cenizas.
Sin embargo, en esta alegoría a la “Conquista”, las cenizas no tienen una acepción negativa, al contrario, son símbolo de victoria sobre la muerte.

Carmen Juncos

Editora jefa y Directora de proyectos

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Colaboraron: Marianella Espinoza y Freiby Salas


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