Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 6 Julio, 2012


Teatro intimista

Las artes del espectáculo solo se pueden disfrutar si las asumimos como una vivencia integral. Por eso deben ser recreadas cada vez que se ejecutan.
El teatro es el arte por excelencia del espectáculo, por lo que exige para su comprensión una actitud de complicidad que posibilite valorar su sentido. El teatro solo es tal cuando se materializa en una puesta en escena. Por eso es tan importante el dramaturgo como el director y los actores, o los responsables de la escenografía y del vestuario. Igualmente lo es el espacio o local.
Esto último es particularmente válido para comprender lo que se suele llamar “teatro de cámara” al igual que en la música. Esta se caracteriza por su carácter íntimo, tanto en el estilo como en su contenido.
El romanticismo desde sus inicios destacó el subgénero intimista (diarios personales, correspondencia, autobiografía) haciendo del mismo una de sus características.
En el teatro de cámara abundan obras pertenecientes a este subgénero. Pero para disfrutarlo se requiere de una sala que reúna las condiciones arquitectónicas que hagan de la intimidad, no solo una vivencia estética, sino también espacial. El Teatro Vargas Calvo cumple con esas condiciones. Por eso se recurre a él con frecuencia para montar obras de este subgénero. El escenario está hecho de tal manera que hace que el espectador rodee a los actores casi rozándolos; lo cual constituye un reto enorme para estos, que deben mostrar todas sus dotes histriónicas en un espacio reducido y poniendo en el discurso más que en la acción, el énfasis dramático. Ese énfasis en lo discursivo propio del autoanálisis, hace que normalmente las puestas en escena —no así el vestuario— se distingan por su sencillez; a lo cual contribuye lo limitado del espacio escénico.
Todas estas características del teatro de cámara se dan en forma superlativa en la puesta en escena de la obra LAS HERIDAS DEL VIENTO que se presentó en el Teatro Vargas Calvo. Su autor es un dramaturgo español ampliamente reconocido. La obra trata de la crisis existencial que sufre un joven profesional (Arturo Campos) al recabar la vida erótica de su padre recién muerto. El peso de la obra lo lleva con notable maestría el reconocido actor Leonardo Perucci. La dirección (Mariano González) revela la experiencia profesional de quien considera que su labor consiste en crear las condiciones para que dos excelentes actores desplieguen sus inconmensurables dotes histriónicas.
En el contexto político y cultural del país, en el que amplios sectores de ciudadanos que, por sus preferencias sexuales, sienten con sobrada razón que sus derechos humanos se ven lesionados, esta obra adquiere inusitada actualidad. Es indignante que el presidente de la Comisión Parlamentaria de Derechos Humanos sea un fundamentalista recalcitrante. Por todo lo cual desearía que se repusiera e, incluso, se presentara también en otros lugares.

Arnoldo Mora